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martes, 23 de febrero de 2021

"Los extremos se tocan". Por MANUEL BUSTOS RODRÍGUEZ Catedrático Emérito de la Universidad CEU-San Pablo


 

En varias ocasiones me he referido al cambio histórico que se ha producido en la izquierda socialista y comunista. Cómo, abandonando los supuestos marxistas clásicos (la lucha de clases, el materialismo histórico y, en parte, la vía subversiva), se había adaptado con rapidez a los nuevos tiempos posmodernos, simbólicamente representados por el movimiento de Mayo del 68 y la caída del Muro de 1989.

Preocupados por su pervivencia, algunos partidos socialistas habían comenzado con anterioridad su conversión a la socialdemocracia. Ante la inédita situación que se les presentaba, la izquierda en su conjunto se fue progresivamente apartando del mundo obrero (espacio reocupado en parte por la derecha), transformándose en lo que se ha denominado la izquierda divina (la gauche divine) o la progresía, formada por personas acomodadas, con escasa experiencia en el trabajo manual y gustosas de compartir vicios y virtudes con sus otrora enemiga, la burguesía.

Para justificar el giro dado, la izquierda se ha entregado a la causa de movimientos alternativos, en principio minoritarios (feminismo, LGTB, separatismo, proaborto y eutanasia, etc.) y la ideología de género, cuyo desarrollo ha contribuido a impulsar, alejándose de sus orígenes, aunque todavía palpite con fuerza en su proyecto el deseo de un mayor control estatalista, la defensa de algunas mejoras sociales de tipo salarial, las inversiones públicas, por encima incluso de sus posibilidades económicas, y ahora el cultivo del populismo.

Esta importante transformación ha convergido con otra del mismo tenor, igualmente paradójica y no menos importante, entre sus tradicionales enemigos. Me refiero a la experimentada por las élites del poder económico, los grandes capitalistas, comenzando por los de alcance globalizador, tradicionalmente adscritas a la derecha. Hace unas semanas confesaba abiertamente el Time la participación de poderosos lobbies en la caída de Trump. Es más, reconocía, juzgándolo en su opinión como positivo, el golpe (el putsch) dado contra el que fuera hasta hace poco presidente de los EEUU. Esta desvirtuación de la democracia, que sin duda ha implicado una larga preparación de años a través de los medios de comunicación americanos y del mundo, culminada con fraude electoral y la trampa del propio asalto al Capitolio, ha conseguido dar la vuelta a la trayectoria liberal seguida hasta este momento en el gobierno de una de las naciones más paradigmáticas de la democracia y el capitalismo. Con el peligro añadido de que sea imitado en otras partes del mundo, donde la progresía se ha crecido.

¿Dónde está, así pues, la convergencia con la izquierda? Me refiero, en estos tiempos de cambios profundos, a la conversión de la alta burguesía, de los grandes poderes económicos, con escasas diferencias, a las mismas tesis que la izquierda ha asimilado. Una conversión iniciada asimismo a la socialdemocracia.

La decadencia del sentido moral que vivimos en Occidente ha terminado por unir a los viejos enemigos en unos mismos presupuestos. No debe extrañarnos que tales lobbies económicos y los medios poderosos financien a la izquierda y movimientos afines, colaborando a sostener sus aparatos de propaganda. Es su coincidencia en los contenidos lo que hace posible este, solamente en apariencia, contradictorio ensamblaje. Tan de izquierdas es, por citar un ejemplo, es Bill Gates que Xi Jinping, actual presidente de China comunista.

El punto de unión está en el deseo compartido de acabar con las tradiciones religiosas y morales de Occidente mediante el desenraizamiento o el combate contra ellas, imbuyendo en la ciudadanía, a través de gobiernos y organismos diversos, los programas del Nuevo Orden Mundial. La nueva ética liberticida, en la que algunos de ambos grupos se hayan ya bien iniciados, se basa fundamentalmente en el pansexualismo y la plena libertad sexual, sin cortapisas; la creación de una identidad de corte universalista sin apenas vínculos con el pasado, el férreo control de la natalidad y de los propios ciudadanos por diferentes medios, convenciéndoles de que las prescripciones dimanadas del Poder prescriben lo ético y sirven al bien general.

Muchos de estos capitalistas, no tan poderosos como los de la élite susodicha, alimentan también a su manera al monstruo, en lo que podemos considerar a medio plazo como un error táctico, creyendo que así podrán ganarse la aceptación de sus socios y de sus gobiernos (de nuevo, el caso de China), pero que, al final, terminará, como un boomerang, volviéndose en contra de ellos.

La apuesta por un programa mundial único atrae sin duda a muchos. Suena en principio bien. Humanidad fraternalmente unida, sin limitaciones de cara a construir por si misma su propio futuro: la vieja utopía ilustrada rediviva. Se informa muy poco, en cambio, sobre el precio que, en tantos ámbitos, se ha de pagar por ello.

Manuel Bustos

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿Cambiará el coronavirus nuestras vidas? Por José Antonio Hernández

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Francesc Torralba

Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia

Barcelona, Plataforma Editorial, 2020

La perplejidad es, en mi opinión, la reacción más generalizada tras la invasión mundial del tsunami del coronavirus. Nos sentimos desconcertados, asustados y, a veces, aturdidos por este golpe que ha derribado, de manera implacable, unos modelos individuales y colectivos de vida que creíamos seguros, estables e infalibles. El impacto está siendo tan profundo que hasta nos resulta difícil que nos formulemos preguntas sobre lo que nos está ocurriendo y, por lo tanto, que seamos capaces de responderlas de manera coherente. En mi opinión, el acierto de este oportuno, riguroso e interesante libro radica en la habilidad con la que el autor -prestigioso filósofo y teólogo- señala los síntomas, en la profundidad con la que formula sus diagnósticos y, sobre todo, en la claridad con la que nos proporciona unas razonables orientaciones para que afrontemos sus previsibles efectos.

Partiendo de la constatación de las consecuencias que él vislumbra en el horizonte, y de la observación de los sufrimientos que están causando en muchas familias, llega a la conclusión de que se avecina una verdadera “catástrofe”, pero reconoce que esta crisis nos está permitiendo redescubrir importantes valores como el cuidado, la escucha, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia frente al mal, la cooperación intergeneracional, la generosidad y la entrega, unos bienes que, en la práctica, no ocupaban lugares relevantes en nuestra sociedad

¿Cambiará nuestra vida esta crisis? El profesor Torralba advierte que la incertidumbre del futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual es patente. Tras sus agudos análisis llega a la conclusión de que los cambios serán inevitables. Nos propone que repensemos nuestra actual manera de vivir, de relacionarnos, de producir y de consumir, y, además, nos invita a que imaginemos un futuro distinto, a que soñemos otro mundo posible para nosotros y para las generaciones venideras. Describe con detalle cómo los diferentes entramados sociales están cambiando porque ya somos conscientes de que, por ejemplo, se “volatilizan” los empleos, las empresas, las organizaciones, las celebraciones, las competiciones y los espectáculos. Efectivamente, por muy poco reflexivos que seamos, ya sabemos que todos somos interdependientes, frágiles y vulnerables.

En la segunda parte identifica las diferentes respuestas emocionales que esta crisis ha generado: sorpresa, desconcierto, rebelión, resignación y, finalmente, aceptación: no hemos tenido más remedio que “aceptar la realidad y asumirla con todas sus consecuencias”. Es posible que hayamos aprendido a mirar con atención -a “contemplar”- a los que se cruzan en nuestras vidas, a ver lo mismo pero de otra manera. Oportunas son, a mi juicio, sus detalladas explicaciones de los valores de los rituales, esos lenguajes corporales que expresan de manera directa nuestros mejores sentimientos, esas herramientas eficientes para evocar emociones colectivas, valores compartidos y creencias arraigadas. Muy oportunos son sus análisis de los cambios de valoración de otros valores como, por ejemplo, la importancia de la tarea de cuidar. De manera contundente afirma que tenemos que articular liderazgos fundados en el cuidado, y políticas públicas centradas en el cuidado de los ciudadanos en especial, de los más frágiles.

De imprescindible lectura son, sin duda alguna, las “siete cartas para el día después” dirigidas respectivamente a las madres, a las maestras, a los profesionales de la salud, a los políticos, a los profesionales del mundo social, a las personas mayores y a los jóvenes. Todas sus propuestas están fundamentadas, orientadas y alentadas por una honda esperanza. Es posible que, tras la atenta lectura de este oportuno libro, lleguemos a la conclusión de que, como indica el título, a partir de ahora nos sentiremos obligados a Vivir en lo esencial.

José Antonio Hernández Guerrero

miércoles, 26 de agosto de 2020

AMOR Y VEJEZ -EL RINCÓN DE LOS MAYORES-, por José Antonio Hernández Guerrero

 


Era inevitable que, tras conversar sobre la amistad, nos refiriéramos al amor: el impulsor central de la vida personal y la fuente nutricia de la supervivencia colectiva. “Por muchas vueltas que le demos y por muchas teorías que expliquemos, la única verdad es que, en todo lo que hacemos, pretendemos amar y ser amados. Esa es la conclusión a la que he llegado -nos dice Juan- al repasar las biografías de los grandes personajes y los comportamientos de las personas normales con las que he convivido”. Tras esta afirmación rotunda todos queremos intervenir para explicar la gran paradoja -la contradicción- que encierra este sentimiento, porque, como afirma Luis, el amor es la solución y el problema. Estamos de acuerdo en que es el motor de la vida humana, porque, como comprobamos en programas televisivos populares y en obras literarias importantes, el amor está en el fondo de la mayoría de las alegrías que disfrutamos y en las raíces de los sufrimientos que padecemos como amantes y como amados.


En mi opinión, aunque es cierto que ha sido el objeto predilecto de los estudios de las diferentes ciencias humanas y uno de los asuntos preferidos por los diversos lenguajes artísticos, también es verdad que muchos de los problemas han surgido por la frivolidad con la que frecuentemente se simplifica su naturaleza íntima y su complejo funcionamiento. Y me refiero, no sólo a los comentarios televisivos de los programas de ocio o de humor, sino también a algunos mitos que seguimos celebrando, sacralizando y dramatizando, al mismo tiempo que los ridiculizamos y los parodiamos.


En la teoría, los mayores reconocemos que es la clave que interpreta los principales enigmas humanos, y la fórmula que resuelve muchos de los problemas de la convivencia pero, en la práctica, no lo aplicamos con la coherencia ni con la asiduidad que sería de esperar. A veces, temiendo que nos ciegue y nos despiste, neutralizamos su posible influencia e, incluso, actuamos en contra de sus dictados. Es frecuente, también, que lo cubramos de apariencias rígidas y que lo disimulemos con máscaras grotescas, para evitar que los demás adviertan su poderosa influencia.


El amor en la ancianidad es, efectivamente, la única clave inexplicable que es capaz de dotar de sentido al “sinsentido”: es una necesidad y una obligación y, además, un don y un buen negocio. Estoy convencido de que es la única flor que no se pudre, la única cosecha que el tiempo no calcina ni los vientos esparcen sus restos por muy sutiles que sean. El amor, cuando es auténtico, es una chispa eterna y un fuego inextinguible que nunca se convierten en cenizas. Quizás el secreto de su supervivencia y de su fecundidad estribe en que más que río caudaloso -más que hinchazón o brillo, más que volcán o rayo- es una corriente subterránea que nos nutre.


Inevitablemente -queridos amigos- hoy me veo obligado a referirme a mi principal maestro en los estudios sobre Retórica, el profesor Marc Fumaroli, un amante y un amado que, a sus 88 años, ha fallecido en París. Reconozco que su monumental obra Historia de la Retórica Moderna ha sido una de las fuentes que han alimentado los trabajos sobre comunicación que hemos elaborado la profesora María del Carmen García Tejera y un servido, pero en esta ocasión me refiero al libro que me recomendó hace ya más de cuarenta años: se titula, Amor y vejez, y su autor es Francois René De Chateaubriand.

domingo, 23 de agosto de 2020

La amistad, una fuente de salud. Por José Antonio Hernández

Pepe puntualiza que, durante toda la vida y, en especial, durante nuestra última etapa, además de la compañía, es esencial que recuperemos a los amigos. La amistad -nos explica- es esa importante forma del amor y esa relación personal que nos exige imaginación, reflexión, paciencia y esfuerzo. “Fijaos -nos dice- cómo la amistad ha sido considerada por los filósofos, por lo médicos y por los psicólogos como una fuente de salud y como un vivero de bienestar. Luis, nuestro experto latinista, nos ilustra sobre la importancia de la amistad en nuestras raíces culturales. Nos recuerda cómo la Iliada nos cuenta la profundidad de la amistad que une a Aquiles con Patroclo, y nos explica el valor “absoluto” que Aristóteles -en los libros VIII y IX de su Ética a Nicómaco– concede a la amistad: “La amistad no sólo es necesaria, sino que es bella y honrosa. El cariño que se dispensa a los amigos nos parece uno de los más nobles sentimientos que el corazón puede abrigar”. José Carlos aprovecha para recordarnos que también en nuestra tradición cristiana la amistad es la manera peculiar de relacionarnos con Jesús de Nazaret: “a vosotros os llamo amigos”. (Juan 15, 13-15)

Es cierto que la amistad -como relación afectiva- está presente en las diferentes etapas de la vida, es una necesidad y una fuente de beneficios de elevados valores terapéuticos, pero, por favor, no olvidemos que, en la ancianidad, su importancia es vital. Los mayores necesitamos amigos porque ellos son los que, por su proximidad y por su semejanza, mejor nos comprenden, aunque no tengamos que darles muchas explicaciones. Es ahora, cuando ya nos hemos despojado de uniformes, de hábitos, de insignias y de títulos, cuando nos hemos bajado de las tribunas y de las poltronas, cuando podemos gozar de mayores facilidades para expresarnos con nuestra peculiar manera de ser y para comunicar con confianza nuestras inquietudes y nuestros sentimientos comunes. No es extraño, por lo tanto, que Julio -arquitecto, intelectual, escritor y artista- defina el cielo como ese lugar privilegiado en el que viviremos, celebraremos y disfrutaremos de la delicada, frágil y valiosa planta de la amistad.  

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sábado, 22 de agosto de 2020

Cuando la vida se vuelve conversación. Por María Hernández Martínez

 


Papá se hace viejo. 

Ambos necesitamos ponernos a salvo del tiempo. Dejamos que la vida tome forma de conversación y nos asomamos a un recuerdo que se ensancha un poco hasta volverse memoria de dos.

«Tengo muchas historias que contar». Últimamente, esta frase acompaña cada paseo y vino que compartimos. No lo dice porque sea un hombre que haya corrido mucho mundo, tampoco lo envuelve un tono ostentoso ni aleccionador al pronunciarlo. Papá sencillamente se hace viejo y sabe muy bien que hace algunas décadas cruzó los cincuenta, esa especie de ecuador inexacto de la esperanza de vida que suponen las estadísticas y que es garantía de nada.Siempre he escuchado con atención, pero ahora estos ratos están teñidos de un interés y una paciencia especial por mi parte. Me bullen las preguntas y con frecuencia me sorprendo repitiendo mentalmente algún dato de los que me confía. Otras, dudo directamente de mi capacidad de retener y me escabullo para tomar nota. Aunque es inevitable, pensar que esos pequeños accidentes y contingencias pudieran caer en el olvido produce cierto desasosiego. Tal vez sea porque, en el fondo, ambos necesitamos ponernos a salvo del tiempo. Dejamos, así, que la vida tome forma de conversación y nos asomamos a un recuerdo que, al ser acogido, se ensancha un poco hasta volverse memoria de dos.

«El mayor muchas veces cuenta historias con la inconsciente necesidad de no perderse, de llevar consigo su vida. Y eso solo se consigue contándolo –asegura Higinio Marín-. Esa vida experimentada tiene muchas de las dimensiones de la existencia y tienen particular valor precisamente para aquellos que no han tenido ese cúmulo de vivencias. Además, contar historias y escucharlas introduce un vínculo afectivo, un vínculo cognitivo entre las generaciones que hace que nuestro mundo se amplíe y se expanda».

Cuando habla, despierta realidades que están hoy en un estado de hibernación permanente, recupera palabras que necesitan paréntesis: gamellón, moyuelo, gavilla… Al nombrar la parva, los gamones, la mies o el cándalo, resignifica el campo y descubre el telón de una cotidianidad inexistente. Dibuja planos que flotan con sus descripciones hasta posarse torpemente en mi imaginación y vuelve a habitar estancias que debieron llenarse de olores desconocidos y gestos familiares.

Es probable que vagas radiografías de aquellos contextos puedan consultarse en archivos, manuales y algún rincón detrás de las pantallas. Pero en estos días tan recostados en la técnica, se antojan algo distantes y vacías. Y, aunque un puñado de libros puedan narrarlo de forma magistral, no remplazan la fractura en la transmisión de la experiencia. Sobre todo porque, más que consultar, se trata de hacer nuestra parte de la trayectoria vital de los vínculos que nos constituyen. Y porque nada atraviesa y cala como la oralidad de una voz presente que recoge muchos instantes y se rasga al intentar sostenerlos.

Contar historias y escucharlas introduce un vínculo afectivo, un vínculo cognitivo entre las generaciones que hace que nuestro mundo se amplíe y se expandaHiginio Marín, filósofo

En mitad de esa escucha, empieza a dolerle a uno la pérdida irrecuperable de saberes valiosos, más si cabe si atañen a un escenario común. Aunque de forma diluida, ¿quién puede ofrecer ya la riqueza de conocer la tierra y la dependencia dócil que esta imprime? ¿Dónde encontrar comprensión a las parábolas, si no es en la mirada que tuvo esas mismas imágenes al alcance? Él entiende de senderos insospechados y de respuestas invariables, pues las exigencias más profundas que tejen al hombre son constantes, ajenas a cualquiera de los aclamados avances y progresos. Es ahí cuando brota un tiempo de doble dirección, más humano y articulado. En ese compartir, vejez y juventud se vuelven presente y enriquecen el momento que une a las dos.

Dan densidad y, de algún modo, también agitan, ya que hacen más evidente que la vida pasa. Dice Andrea Köhler que, desde que la técnica posibilita accesibilidad y conexión continuas, las despedidas son menos despedidas y la mera idea de que algún día faltaremos casi se ha perdido. Sin embargo, él es rescate ante este delirio. Hay un memento mori si le cuesta agacharse, cuando volvemos a la foto de su último año de escuela y contamos las caras que han desaparecido o cada vez que al pasar por los portones cerrados repasa nombres en voz muy baja: «Martina, Ángel, Jesús, León, Conce, Andrés». ¿Quién guardaría aquellos nombres? No nosotros, desde luego. Otro sí. Menos mal porque, ¿qué podríamos atesorar con todo el porcentaje de realidad que se nos escapa? Tan penetrados por el tiempo como estamos, ¿acaso se nos permite conservar algo?

La pregunta –que es puro anhelo escrito en los más hondos adentros- nos ha ido alejando del aflictivo empeño por rescatarlo todo hasta volverse alivio, pues, como apunta Romano Guardini, «de la sensación de lo pasajero de las cosas se deriva también algo positivo en sí mismo, la conciencia cada vez más clara de lo que no pasa, de lo eterno». Pero ese querer situarnos en lo esencial y permanente del ahora requiere -como diría Fabrice Hadjadj las manos de la memoria y de la espera. 

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jueves, 20 de agosto de 2020

Al final de la era Gutenberg. Por Manuel Bustos, Catedrático de Historia Moderna de la UCA


Vivimos en una época de cambios acelerados y profundos. Se trata de un tópico continuamente repetido. Una muletilla en conferencias y discursos. Es como una sensación. Pero también una realidad incuestionable. Uno de ellos alude al final de la era Gutenberg, de la imprenta; en definitiva, del papel. Nos hallamos en un tiempo de pantallas: la televisión, la tableta, el PC, pero, sobre todo, el móvil. Éste lo domina todo. Es el dueño absoluto de nuestras relaciones y de nuestro tiempo.

Inútil dar cifras de los usuarios de esta máquina, manejable, pequeña, pero con poderes casi milagrosos. Son, sin duda, miles de millones. Innecesario igualmente cargar de datos al lector sobre el número de horas, siempre creciente, que pasamos delante de las pantallas. Y lo mismo de su uso a edad muy temprana. Evidentemente, ninguno o casi ninguno de sus usuarios se daría por aludido, pero sí que encomiaría sus enormes ventajas, capaces de conjurar cualquier tipo de peligro colateral.

Hemos dejado, pues, la época del folio y la cuartilla, de la pluma y el lápiz, e incluso de la máquina de escribir, para sumergirnos de lleno en el mundo de internet, del videoclip, el Whatsapp, el blog, la web, el post, el link y todo un largo etcétera de términos que se han ido colando en nuestras vidas sin apenas percatarnos, en un corto periodo de tiempo. Entre el descubrimiento del papel en la legendaria China hacia el siglo II y la invención de la imprenta en Alemania en el XV pasaron la friolera de trece siglos. Entre la imprenta y la máquina de escribir, comercializada a finales de 1870, unos cuatro. Desde que salieron los primeros portátiles hasta su difusión masiva, apenas han transcurrido un par de décadas.

España nunca ha sido un país de lectores. Rara vez los libros o la prensa han alcanzado aquí grandes tiradas. Hoy su disminución es aún más elocuente. Apenas se ven ya personas con un libro o un diario en las manos. Ni tan siquiera en los transportes públicos, donde eran tan frecuentes como pasatiempo. A veces, si acaso, el impreso de una solicitud que no se pudo rellenar telemáticamente y ha de ser escrita a mano. En el metro de una gran ciudad, en el tren o el autobús, la inmensa mayoría de los viajeros está inmersa en su móvil, ajena a cuanto sucede a su alrededor.

Son dedos que se deslizan velozmente, nerviosos, sobre la reducida pantalla de cristal. El sujeto apenas se detiene a leer los numerosos mensajes, artículos y frases sueltas, y mira de soslayo las fotos y videoclips que le envían. ¿Qué es lo que retiene? Poco. ¡La información recibida es tan copiosa! Dedica más tiempo a los mensajes. Tendrá que contestarlos enseguida, en un cruce permanente de frases casi telegráficas, llenas de abreviaturas, generalmente de contenidos superficiales, tópicos o intrascendentes, adobados en ocasiones con los emoticonos de rigor.

Al final del día no habrá leído sino un conjunto de frases y eslóganes inconexos, que le han dejado del todo o casi del todo indiferente. Ése es, grosso modo, el universo cotidiano de la mayoría, secuestrada por el invento; el universo diario de nuestros adolescentes y jóvenes, incluidos los universitarios, que han de formar los cuadros del mañana ya cercano. Por aquí, me dice el librero, apenas vienen jóvenes: es como si les asustara ver tantos libros y hojearlos como suelen hacer los lectores interesados. Vivimos gracias a los viejos (en realidad, dice maduros).

Los anaqueles de sus cuartos de estudio, cual si hubiera pasado por ellos un tifón, aparecen tan faltos de libros como sus cabezas de reflexiones de cierta profundidad. Son expertos, eso sí, en la sincronización de los dedos. De aquí a un par de generaciones habrá mutado la forma de los mismos, adheridos a una mano inusualmente prensil, capaz de asegurar el móvil mientras se teclean con avidez los mensajes.

Todos tienen en su pantalla los resúmenes de algunos diarios, una especie de Selecciones del Reader's Digers renovadas con las noticias de última hora, políticas o instigadoras de las últimas modas en pantalones o camisas. Suelen ir continuamente salteadas con fotos de pose, a veces de carácter erótico. Es la era de los selfies. Algunos usuarios jóvenes del móvil portan ya lentes por una anticipada presbicia. Han salido muy de mañana conectados y se acuestan de la misma forma. Probablemente lo coloquen al cabo sobre su mesilla de noche. Ésta es, sin duda, la generación mejor preparada; ¿pero, preparada de qué?

Comprenderemos que con esos mimbres no se puede pedir al cesto resultante lo que no ha de dar. Releguemos de una vez el libro y, en general, el papel (salvo el que sale por la impresora) al baúl de los trastos viejos, inservibles. La era de la imprenta parece agonizar lentamente. Las nuevas generaciones, como sus mayores, la han superado. Suyo es el futuro. ¡Muera Gutenberg y viva Bill Gates! ¿Qué hubiera sido de nosotros, en plena pandemia del Covid, sin los móviles?

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miércoles, 19 de agosto de 2020

El lujo de atesorar tiempo. Por J.A. Hernández, catedrático emérito de la UCA

 

Con independencia de la edad que tengamos -querida amiga, querido amigo-, una reflexión sobre el tiempo –el mayor capital y el más difícil de administrar- siempre es oportuna. Es probable que –tú igual que yo-, alguna vez, hayas experimentado la paradoja de que, cuanto más escaso es, más te cunde, y de que, por el contrario, cuando es más abundante, te resulta insuficiente para desarrollar los planes que, ilusionado, habías realizado.

En estos momentos se me ocurre que, en vez de imaginar esos ambiciosos proyectos que nos dibuja la publicidad, deberíamos elaborar una breve lista con aquellos pequeños placeres de la vida, con esos goces que no cuestan dinero y que, a pesar de estar al alcance de la mano, apenas les prestamos atención. Son esas sencillas actividades que más nos gratifican como, por ejemplo, leer tranquilamente un libro que, como si lo leyéramos con todo el cuerpo, nos hace sentir, soñar, pensar y, sobre todo, nos ayuda a estar con nosotros mismos.

En estos tiempos en los que las modernas tecnologías de la comunicación han tejido esa tupida red universal en la que de manera interrumpida todos nos comunicamos con todos -las páginas webs, los móviles, los chats, los foros y los blogs- es un lujo suntuoso disfrutar durante un rato de nosotros mismos, recrearnos recortando trozos de nuestro pasado y dibujando esbozos de nuestro porvenir.

Es posible que, en la actualidad, los dos –tú y yo- estemos excesivamente influidos por una creciente concepción económica según la cual el tiempo es, por un lado, una herramienta de uso y lucro, como una mercancía, como una banda ancha de intercambio de comunicaciones productivas, como una mera posibilidad de remar hacia la plusvalía. Me refiero a ese tiempo enajenado que nos convierte en unos sujetos que no somos dueños sino empleados de nuestros días. Pero, en mi opinión, es peor todavía que, cuando se nos queda vacío, lo consideremos como una seria amenaza para nuestro equilibrio psicológico. Algunos llegan a temer los días libres, porque, según dicen, se ahogan en el tiempo o languidecen entre las horas muertas; por eso, quizás, son tantos los que acuden a los espectáculos ruidosos y multitudinarios.

Estoy convencido de que, para disfrutar verdaderamente de la compañía y de las palabras de los demás, es indispensable que, previamente, hayamos aprendido a sentir el placer de estar solos y el goce de escuchar el silencio. Será entonces cuando estaremos en condiciones de comunicar esas experiencias que, sin necesidad de invertir dinero, nos resultan esencialmente útiles: esos caprichos, esos gustos y esos episodios que cumplen plenamente con su función cuando se comparten con algún otro que, al comprendernos, incrementa el valor de nuestras cosas.

Creo que deberíamos aprender algunas fórmulas eficaces para atesorar cada momento que vivimos y, sobre todo, para compartirlo con alguien especial: se trata de vivir una vida simple, en paz, con mayor tranquilidad, sin estrés y sin ansiedad. Estoy de acuerdo con Carlos Fresneda quien, en su libro La vida simple, partiendo de una máxima de Epicteto -“La vida feliz será imposible mientras no simplifiquemos nuestros hábitos y moderemos nuestros deseos”-, nos aconseja que pasemos de los excesos de la sociedad de consumo a la búsqueda de nuevos estilos de vida. Creo que ésta es la mejor fórmula para ganarle tiempo al tiempo.

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martes, 18 de agosto de 2020

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: LOMLOE. Por Rafael Serrano

 

El título de la novela de Gabriel García Márquez, me sirve para encabezar mis reflexiones sobre la Ley de Educación, actualmente en tramitación parlamentaria, la LOMLOE, o Ley Celáa, como se la conoce. Y es que esta Ley, si se llega a aprobar en el Parlamento, cosa bastante probable, a mi juicio, nace muerta. Voy a explicar por qué lo creo así. En primer lugar, como la propia designación de la Ley anuncia, lo que trata es de recuperar la LOE, una Ley educativa que como todas las leyes educativas en España desde hace 40 años, resultó breve, nefasta e inconsistente, y ello debido a que en ella se buscaba más hacer una Ley ideológica, al servicio de intereses políticos y de partido, que dotar al sistema educativo de una Ley eficaz para lograr la mejor formación y educación de nuestros niños y jóvenes. 

A pesar de que la LOMLOE, manifiesta su intención de modificar la LOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE), tales modificaciones, lo que introducen además de la innecesaria utilización del leguaje “inclusivo” (niños y niñas; padres y madres; alumnos y alumnas…), es una mayor carga ideológica con un reforzamiento de la ideología de género. Por ejemplo, en su artículo 1 apartado l) dice; “El desarrollo de la igualdad de derechos, deberes y oportunidades, el respeto a la diversidad afectivo-sexual y familiar, el fomento de la igualdad efectiva de mujeres y hombres a través de la consideración del régimen de la coeducación de niños y niñas, la educación afectivo-sexual, adaptada al nivel madurativo, y la prevención de la violencia de género, así como el fomento del espíritu crítico y la ciudadanía activa”. Cabría preguntarse si se pretende transmitir la idea de que son equiparables cualesquiera tipos de familia; si pretende el Estado asumir el derecho y el deber de los padres de dar la educación moral de acuerdo con sus convicciones, y no cabe duda que la educación afectivo-sexual tiene mucho que ver con la formación moral. 

También claramente la Ley pretende privilegiar la coeducación, a pesar de que ya el Tribunal Constitucional desestimó un recurso, contra la LOECE, declarando CONSTITUCIONAL LA EDUCACIÓN DIFERENCIADA Y DEJA LA PUERTA ABIERTA A SU FINANCIACIÓN PÚBLICA SI LOS CENTROS CUMPLEN LA LEY. 

Creo que con lo anteriormente expuesto queda claramente de manifiesto el carácter fuertemente ideológico de esta Ley. Pero por otra parte hay otras razones que hacen de esta Ley, una más con fecha de caducidad. El Proyecto de esta Ley no ha contado con informe del Consejo de Estado; tampoco cuenta con consenso parlamentario, pues la enmienda a la totalidad fue votada por 153 votos, aunque estas enmiendas fueron rechazadas por 195 votos, trámite parlamentario que, por cierto se llevó a cabo en pleno estado de alarma. Tampoco cuenta con el apoyo unánime de la comunidad educativa, padres, sindicatos y centros privados. 

¿Puede una Ley en estas condiciones ofrecer garantía de perdurabilidad, al menos de diez años, como la Ministra pide para su total implantación? Cuando vivimos unos tiempos de una inestabilidad política, social, económica que no permite prever el futuro, ni el más inmediato, ¿quién puede predecir que no haya un cambio de Gobierno en poco tiempo y se vuelva a plantear otra Ley de Educación? 

España necesita un gran pacto por la Educación que garantice la formación de nuestros hijos de modo que se les ofrezcan mejores perspectivas de futuro. Esto es lo que debemos exigir a nuestros políticos. Está en juego el futuro de nuestros hijos y el de nuestra nación. 

En otros artículos abordaré otros aspectos del contenido de esta ley en que podemos ver luces y sombras. 

Rafael Serrano Molina

lunes, 17 de agosto de 2020

Necesitamos acompañar para sentirnos acompañados. Por José Antonio Hernández


Estoy gratamente sorprendido por el elevado número y por la notable calidad de los comentarios que he recibido sobre el artículo del sábado pasado titulado “La hora de los mayores”. “Y es que -me dice Juan- nosotros, lo viejos, leemos más que los jóvenes”. Confieso, sin embargo, que lo que más me ha llamado la atención ha sido la coincidencia de varios lectores al señalar que el hecho que “más nos duele” es la soledad. Éste ha sido el asunto sobre el que hemos conversado en nuestra última reunión semanal.

Hemos llegado a la conclusión de que, aunque es cierto que los dolores del cuerpo, los sufrimientos del alma y los procesos de las enfermedades y de la muerte los sentimos de forma personal e intransferible, también es verdad que la compañía de seres comprensivos nos alivia de una manera importante. La mirada atenta, la palabra amable y hasta el silencio respetuoso nos proporcionan unas inestimables energías para mantener un estado de ánimo imprescindible para sobrevivir. Pero, si prestamos atención a la experiencia de acompañar, fácilmente podemos llegar a la conclusión de que es el acompañante quien sale más beneficiado. Vivimos en una sociedad de complejidad creciente donde demasiadas personas ancianas se sienten solas, aisladas o confundidas entre la muchedumbre. Algunas se distancian de quienes las rodean porque se creen marginadas y deciden cortar los hilos que las vinculan al entorno sufriendo un desamparo -dice Paco- “similar al de las ratas abandonadas por su madre”.

Todos sabemos que no podemos vivir sin comida saludable, sin agua limpia o sin aire puro, pero reflexionamos escasamente sobre la necesidad de compañía y sobre los prejuicios que produce la soledad. La medicina actual reconoce que las dolencias orgánicas por las que muchos de los pacientes acuden a los hospitales y a los ambulatorios tienen su origen en el alma, en el espíritu o en la mente. La ansiedad que genera la soledad -en el fondo, “un mal de amor”, según Manolo- puede provocar un debilitamiento progresivo del sistema inmunitario porque genera una tendencia a la indolencia y a la atonía, a la alimentación defectuosa y al abandono del cuidado personal. Los psicólogos explican cómo el equilibrio de las emociones exige contactos humanos, relaciones sociales satisfactorias, gestos amables, miradas cómplices y palabras amistosas. A las personas que se sienten abandonadas les cuesta dormir y, generalmente, descansan menos durante el sueño que quienes gozan de compañía, sus heridas tardan más en cicatrizar, sus resfriados se hacen crónicos y hasta puede generar la demencia.

Estoy convencido -concluye solemnemente Juan- de que el beneficio es mutuo y, también, el agradecimiento, ese sentimiento impagable que favorece la autoestima, fortalece las conexiones neuronales, estimula las emociones, incrementa la cohesión social, enriquece nuestros valores éticos y vigoriza el sistema inmunitario. En resumen, necesitamos acompañar para sentirnos acompañados.

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viernes, 14 de agosto de 2020

Las familias y el curso escolar. Por Rafael Sánchez Saus


Hace un par de días, Carlos Colón advertía, desde estas mismas páginas, de la improvisación y falta de criterio que se adivina en las declaraciones de los responsables políticos ante el ya inminente nuevo curso escolar. No debemos sorprendernos demasiado porque esta viene siendo la tónica en todo lo que afecta a la pandemia y sus consecuencias, no importa de qué asunto concreto se trate. Este ir a trancas y barrancas tiene un doble efecto, a cuál más pernicioso: desde luego, aumenta el desastre social que el coronavirus está suponiendo; pero, por otra parte, hace que el sufrido ciudadano perciba en la crisis una gravedad aún mayor de la que objetivamente ya tiene. Surge así una reacción de temor, de indefensión ante el impacto de un mal aplastante de cariz casi bíblico. Lo que no es sino consecuencia del mal gobierno, curiosamente contribuye a diluir las responsabilidades de los mandatarios y es asumido por las buenas gentes en términos de autoculpa, de pecado colectivo que todos debemos purgar.

La posibilidad de que los niños no puedan acudir a los colegios en sus horarios normales, que se maneja con frivolidad característica por la Administración, los medios y los diversos sindicatos del mundo de la enseñanza, sería, sin embargo, un desastre inasumible para millones de familias que se verían imposibilitadas de conciliar la atención a sus hijos con la de sus trabajos. Trabajos que, no lo olvidemos, rinden impuestos y sostienen el debilitado entramado económico y de atención social. No todo el mundo puede echar mano de los sacrificados abuelos ni, aún menos, dado el nivel de ingresos de las parejas jóvenes, recurrir a ayuda remunerada. El teletrabajo es visto por algunos como una tabla de salvación, pero ni es posible para la gran mayoría ni es deseable en modo alguno que se establezca como forma ordinaria de solución de este tipo de problemas. Cabe preguntarse en qué están pensando las asociaciones de padres de familia que todavía, pese al angustioso panorama para tantos, no alzan su voz.

Muchos nos espantamos de la brutal crisis de natalidad que padecemos en España, pero tener hijos es hoy un pésimo negocio sin la menor compensación social. Situaciones como la que ahora amenaza a los padres lo demuestran. ¿Cómo es posible que nadie, empezando por partidos políticos que se dicen tan preocupados por la gente, esté solicitando ayudas o desgravaciones fiscales para quienes no tengan más remedio que apelar a la contratación de cuidadores?

jueves, 13 de agosto de 2020

EL LARGO CAMINO HACIA EL EXILIO. Por Manuel Sánchez Francisco

Que el mejor Rey que haya tenido España se exilie no es fruto de la casualidad, ni de las malas compañías, ni de sus negocios fuera o dentro de España, ni de su afición a la caza mayor, ni de sus devaneos. Todo eso era conocido desde hace mucho y, durante años, España se lo había perdonado. Desde Colón de Carvajal hasta Corina Larsen, pasando por los regalos de las casa reales de muchos países árabes (el primer Fortuna, los Ferraris, La Mareta y un largo etcétera), todo había sido aceptado por el país que biengobernó durante cuatro décadas.
Pero aquella España que elegía a Don Juan Carlos para irse de cañas, a distancia de cualquier otro candidato, ha cambiado mucho en estos últimos diez o quince años.
Hoy, los terroristas de ETA se pasean entre vítores por las calles del País Vasco, se sientan en las instituciones y prestan su apoyo parlamentario a la coalición de gobierno, PSOE-PODEMOS, que lo acepta sin reparos.
Hoy, muchos escaños de los parlamentos están ocupados por delincuentes condenados por la Justicia, esa misma Justicia que ha sido convertida en instrumento de persecución política.
Hoy, un presidente de Gobierno lo es a pesar de haber falseado su tesis doctoral, de haber mentido en sede parlamentaria y fuera de ella, de haber logrado los más penosos récords ante la pandemia del COVID-19, y lo es tras ganar una moción de censura que permitió descabalgar a un gran presidente de gobierno, cuyo partido había sido condenado como responsable civil por la percepción de comisiones por importe de unos miles de euros.
Hoy, un vicepresidente del gobierno, Iglesias, lo es tras haber aceptado donaciones para su partido de varios de los regímenes más corruptos del mundo, lo es habiendo colocado a sus diversas en cargos públicos, incluso en un ministerio.
Esta España ya no es la que fue. Aquella España habría votado mayoritariamente un referendum de amnistía a favor de Don Juan Carlos en agradecimiento por los altísimos servicios prestados frente al golpe del 23-F, por su digna representación de nuestra nación ante el mundo a lo largo de cuarenta años (¡ay, qué cifra!) , por su gallarda defensa de nuestros intereses, por aquel "por qué no te callas" que, en defensa de un presidente de gobierno que no la merecía, lanzó al gorila rojo venezolano.
Y es que hoy, en España, gobiernan los pupilos de aquel gorila rojo llamado Chávez, mandan quienes prefieren irse de cañas, y de otras cosas, con Maduro antes que con Don Juan Carlos.
Hoy, esta España es la que se cisca en el Dios cristiano y compadece al yihadista, la que aborrece el toreo por cruel (y por español, qué coño) pero asiste impávida al degollamiento público de corderos.
Hoy, esta España es la que protege al okupa frente al propietario, la que tiene las fronteras más porosas del mundo, la que aplaude a todo tipo de estafadores, cantantes, músicos, cocineros, cómicos y comediantes, siempre que sean viles y que odien e insulten a Dios y a España.
Esta es la España de la que se exilia Don Juan Carlos. Su exilio, que no les engañen, no es voluntario ni casual. Es el penúltimo paso de la operación de destrucción de la Corona, de la Constitución y de aquella España que fue y que ya casi no es.
Don Felipe tiene los días contados pero no tanto porque él mismo haya de tomar forzado el camino del exilio sino porque ya no quedará ni rastro de aquella España que coronó a su padre y que a él mismo lo hizo Rey.
España, ¡Viva el Rey!

martes, 11 de agosto de 2020

Los dolores fortalecen el cuerpo y los sufrimientos hacen crecer el espíritu. Por José Antonio Hernández Guerrero, catedrático emérito de la UCA

 


Estoy sorprendido por las interesantes preguntas y por las sugerentes cuestiones que los lectores me han propuesto al hilo de las ideas vertidas en los artículos sobre la existencia del bienestar y sobre los sufridores. Como es natural, muchas de las opiniones no coinciden con mis planteamientos, de la misma manera que las experiencias en las que aquéllas se apoyan son diferentes e, incluso, opuestas a las mías. No caeré en la pretensión -errónea e inútil- de defender con argumentos unas convicciones basadas, como ya indiqué, en mi experiencia personal sólo válida para mí y para aquellos que la hayan vivido de manera análoga.

Aprovecho, sin embargo, la oportunidad para aclarar algunas confusiones que en varios comentarios sobre los obstáculos del bienestar se repiten en los mensajes que he recibido. Hemos de reconocer que las enfermedades, los dolores y los sufrimientos -aunque sean realidades humanas estrechamente relacionadas- nos son manifestaciones idénticas.

Las enfermedades son afecciones comunes a todos los seres vivientes -a las plantas, a los animales y a los humanos-; son unos avisos que, amenazadores, nos anuncian la muerte; son las advertencias que, insistentes, nos recuerdan que somos débiles frente a la fuerza agresora de la naturaleza, y son unos síntomas que, claramente, nos revelan que llevamos encerrados en el interior de nuestras entrañas los enemigos de nuestra propia supervivencia. Los dolores los padecemos todos los seres animados -no las plantas- y constituyen llamadas de atención de mal funcionamiento de las piezas de nuestro complejo organismo; son las alertas que se encienden para comunicar el fallo de algún órgano; son las señales que nos alertan de que algún mecanismo corporal está estropeado.

Reconozco que los animales sufren en cierto sentido como, por ejemplo, cuando advierten un peligro, cuando se sienten abandonados o cuando perciben el peligro de muerte pero, en el sentido estricto, los sufrimientos son propiedades peculiares de los seres humanos; son prerrogativas que nos distinguen de los demás vivientes, son ecos profundos racionales de los dolores físicos, de las agresiones psicológicas o de los ataques morales: los dolores atacan el cuerpo y los sufrimientos hieren el alma. Sólo los seres humanos interpretamos el dolor y medimos sus dimensiones; sólo nosotros reaccionamos mentalmente ante estímulos desagradables y respondemos directamente con nuestra inteligencia, con nuestra imaginación y, sobre todo, nuestra emotividad.

Pero el sufrimiento es, además, una de las vías más seguras y más directas para penetrar en el fondo secreto de las realidades humanas, una clave segura para conocer el sentido profundo de los sucesos. Baudelaire, con vigor, con entusiasmo y con hondura, nos dice que la verdad reside en el sufrimiento, en el dolor que es la nobleza más ilustre: la única aristocracia de este mundo, que completa y humaniza turbadoramente la visión de las cosas. Milan Kundera en su libro titulado La inmortalidad defiende que la base del yo no es el pensamiento sino el sufrimiento porque, en un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo: “el sufrimiento no sólo es la base del yo, su única prueba ontológica indudable, sino que es también de todos los sentimientos el que merece mayor respeto: el valor de todos los valores”. Todos sabemos que los dolores fortalecen el cuerpo y los sufrimientos hacen crecer el espíritu.

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viernes, 7 de agosto de 2020

LA CAJA NEGRA DE LA CRISIS ECONÓMICA. Por José Antonio Hernández Guerrero


En mi opinión, la afirmación de que las crisis económicas mundiales son fallos exclusivos del sistema y que, por lo tanto, no es posible identificar a sus principales responsables, es cierta sólo parcialmente. Ya sabemos que el modelo neoliberal privilegia el capital y que sitúa en un segundo lugar las repercusiones sociales, pero también hemos de reconocer que no es verdad que el único causante de los problemas sea el mal funcionamiento de los mercados y el desbarajuste de las finanzas. Mucha culpa la tienen también la ineptitud económica de algunos políticos -que casi nunca pierden- y la insensibilidad social de muchos financieros -que casi siempre ganan-.


Me atrevo a opinar que las claves de las crisis -esos agujeros a los que los economistas, los políticos, los periodistas ni siquiera los espeleólogos logran tapar- están encerradas en la caja negra que nadie se atreve a abrir. La razón profunda del despiste tan generalizado estriba en la decisión de poner parches mientras que renuncian a ahondar en las raíces éticas de las graves dolencias. Como ocurre con el dolor, con la fiebre y con los demás síntomas patológicos, estos trastornos económicos deberían hacernos conscientes, al menos, de que el motor de la conciencia moral y social está fallado.


Las crisis económicas son, además, unas llamadas de atención para que los responsables hagan un diagnóstico acertado y apliquen los remedios eficaces. Pero el cuadro de síntomas se complica gravemente cuando, en vez de interpretar correctamente las advertencias, los “curanderos” se empeñan en ocultarlas mediante la aplicación de simples calmantes que suavizan los síntomas pero que no eliminan el daño: no podemos curar el cáncer que nos corroe las entrañas -la conciencia- con una simple aspirina.


En el fondo de las crisis económicas actuales encontramos ese principio tan generalizado y tan peligroso según el cual el factor más importante del ser humano es la cartera. Las raíces hondas de estas crisis que presenciamos todos, que lamentamos muchos y que la sufren los de siempre, se ahondan en un egoísmo suicida que anula la cooperación y elimina la solidaridad. Mientras que no orientemos las actividades económicas hacia un concepto integrador del ser humano que también considere la dimensión la social y comunitaria, mientras que se concentren los esfuerzos en resolver sólo la crisis económico-financiera aplicando la receta de los despidos baratos y de los recortes de salario, los problemas más graves seguirán acuciando a la gran mayoría de ciudadanos.

martes, 4 de agosto de 2020

HISTORIA PROGRE DE ESPAÑA. Por Manolo Bustos catedrático de Historia de la UCA


Animado por las dudas de muchos lectores, he creído oportuno, en mi condición de historiador, hacer un breve resumen de la Historia de España desde una interpretación progre, que les permita, de forma clara y sencilla, conocer sus contenidos. Helo aquí.

El primer imperialismo fue el de Roma. Arrasó las culturas aborígenes de celtas, iberos, cartagineses, etc. Fue un atentado contra la diversidad. Luego impuso el Cristianismo, destruyendo la cultura pagana, sus dioses y templos en nombre del monoteísmo. Con el empuje de los pueblos bárbaros, el imperialismo de Roma se deshizo al fin, abriendo paso a diferentes grupos que se establecieron los territorios europeos.

A España llegaron los visigodos, que darán a España un sesgo confesional notablemente perjudicial para su futuro. Afortunadamente, los musulmanes penetran desde África, aprovechando su alianza con sectores descontentos con los últimos reyes godos. No se trató, pues, de una invasión, sino de un establecimiento pacífico, que permitió la creación en la Península de una civilización sin par, basada en la tolerancia y el progreso. Desgraciadamente, claudicó ocho siglos después, ya que unos burdos e intolerantes cristianos huidos a Asturias iniciaron desde allí lo que ellos dieron en llamar Reconquista. Así, la brillantísima civilización árabe, como ya sucediera con el mundo pagano, se hundiría, dejando el país lleno de iglesias, sostenido en el poder del clero y un opresivo sistema feudal. Se restablecería la intolerancia, y los últimos bastiones moriscos y judíos de la Península fueron erradicados.

La llegada al poder de la reina Isabel de manera irregular, ahondaría aún más la exclusión, creando el execrable tribunal de la Inquisición. Más todavía, los Reyes Católicos establecieron una unidad ficticia e impulsaron los planes de Colón, quien al llegar a América, iniciará una de las crisis ecológicas más profundas de la Historia. Él y sus sucesores masacraron a los indígenas, los explotaron y les transmitieron todo tipo de enfermedades que desconocían. Se llevaron sus riquezas, les impusieron su Dios y un régimen opresivo que duró algo más de tres siglos. Afortunadamente, a inicios del XIX, se abriría paso el proceso libertador, que acabó con el yugo imperial español y creó las repúblicas latinoamericanas, aunque otro viniera después.

Mientras tanto, en la España del siglo XVI, se había establecido un enorme Imperio, constituido por gran número de territorios dispersos. Tanto Felipe II como sus descendientes patrocinaron una política irreal, que malgastó el dinero procedente de las colonias, impuso la fe católica a machamartillo, persiguió a los disidentes y metió a los españoles en sangrientas guerras, mientras el resto de Europa entraba en la modernidad. Así, España, entretenida en defender lo imposible, perdió el tren de la misma, sumiéndose en un retraso del que ya no levantaría cabeza del todo.

El acceso de los Borbones al trono acabó con la autonomía catalana a principios del XVIII. Los intentos reformistas de la centuria se quedaron en poca cosa, a pesar de sus buenas intenciones, impedidos por la rígida estructura socio-económica de la que eran beneficiarias la nobleza y el clero. El XIX se convirtió en escenario del enfrentamiento entre las fuerzas reaccionarias y de progreso, apadrinadas estas últimas por demócratas, republicanos, federalistas y socialistas. Los intentos revolucionarios del período fracasaron, pero no impidieron la progresiva consolidación de los promotores del cambio: sindicalismo de clase, socialismo, anarquismo y, más tarde, el movimiento comunista.

La crisis de la monarquía liberal en las primeras décadas del siglo XX condujo, por un lado, a la de los partidos dinásticos, y por otro, a las dictaduras (Primo de Rivera y Berenguer). La Segunda República llegó limpiamente abriendo un período de ilusión y esperanza. El pueblo, gracias a las izquierdas, recuperó pacíficamente la iniciativa (la quema de iglesias y conventos fue perpetrada por la propia derecha), estableciendo un sistema de Gobierno, que permitió el protagonismo popular, la modernización del país, mejoras en la justicia social y educación, y un brillante despertar de la cultura.

Pero las fuerzas facciosas no dormían. Iniciaron un proceso contrarrevolucionario y violento en contra de los logros de la República, que culminaría con el golpe de Estado fascista del General Franco. Después de una larga Guerra Civil, las fuerzas reaccionarias vencieron, ayudadas por los totalitarismos de derecha, estableciendo durante cuarenta años un sistema de purgas y dictadura. Su artífice no merece siquiera el honor de un enterramiento digno. La llamada Transición y la propia Constitución del 78 nacieron lastradas por sus estrechos vínculos con la Dictadura, pues no tuvieron presentes los derechos de los pueblos del Estado Español, ni tampoco replantearon el sistema político. Hay, pues, que enlazar con la legalidad republicana. Imposible defender esta patria.

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