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miércoles, 16 de marzo de 2022

EL ENCUENTRO CON NUESTRA IMPOTENCIA PUEDE ABRIR LA PUERTA DEL BIENESTAR, por José Antonio Hernández Guerrero

 

Esta autobiografía nos descubre las cuestiones más palpitantes de nuestras vidas y nos estimula para que cultivemos los valores humanos más liberadores. Christian Bobin Björn Natthiko Lindeblad nos proporciona unas pistas saludables para que nos acerquemos y nos alejarnos de la realidad, nos orienta para que penetremos en nuestro interior y, desde allí, contemplemos y disfrutemos del mundo que nos rodea. Nos hace pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, recrearnos y sufrir, llorar y reír, y, nos sirve para que humanicemos nuestras relaciones con las personas y con las cosas. Es una invitación amable para que leamos, interpretemos, valoremos y disfrutemos con nuestras vidas.


Esta es la conclusión a la que he llegado durante la lectura de esta obra en la que el autor, con sencillez, con claridad y con belleza, nos relata cómo, tras abandonar su profesión de economista, experimentó una profunda y grata sensación de libertad, y cómo, tras sus primeras experiencias de meditación –una senda directa para reencontrarse consigo mismo, con los otros y con las cosas- se hizo monje budista en la selva de Tailandia. Fue allí donde, a pesar de las escasas peripecias, fue descubriendo la importancia vital de la soledad, del silencio, de la luz y, en resumen, cómo existe otra vida escondida, sencilla y hermosa, en la que conocemos la persuasiva dulzura de los días sin gloria y el esplendor abandonado de lo invisible que nos rodea.


Nos explica cómo, a los ocho años en casa de sus abuelos, en una isla en las afueras de Karlskrona, sintió por primera vez “de verdad” que el planeta era su propia casa. Fue entonces cuando advirtió que los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones corporales nos descubren nuestra intimidad y la de nuestro entorno. Paradójicamente se sorprendió cuando comprobó que el encuentro con su propia impotencia era la llave que volvió a abrir la puerta del bienestar, y que la mayor parte del sufrimiento psicológico que experimentamos es “voluntario y autoafligido”.


Importantes y concretos son, a mi juicio, sus análisis sobre, por ejemplo, los hábitos de culpar a los demás de nuestras frustraciones, y la conclusión a la que llega de que “nadie ni nada tienen que cambiar para que seamos y para que actuemos con autenticidad: “Hay un nivel de conciencia humana al que le gusta mucho culpar de todo a los demás”, y aferrarnos a pensamientos que nos atormentan. Me permito invitarles a que, precisamente en estos momentos de agitación, de inseguridades y de temores, lean este libro que nos dibuja diferentes caminos convergentes para salir de los presentes atolladeros.


[Puedo estar equivocado
El camino hacia el verdadero bienestar

Barcelona, Ariel, 2022].

miércoles, 3 de noviembre de 2021

UNA EXPLICACIÓN DE LAS CONTRADICCIONES EN LAS QUE LAS PERSONAS NORMALES VIVIMOS, por José Antonio Hernández Guerrero

 


Acreditados especialistas en teoría y en crítica literaria han calificado a Fernando Aramburu como poderoso narrador, como autor plenamente maduro y como uno de los mejores escritores españoles de la actualidad. Otros han valorado Los vencejos como una novela vital, original, potente, extraordinaria, ácida, enternecedora y como “un monumento literario”. Coincido con estas valoraciones y justifico mi juicio positivo de su elevada riqueza literaria.


En mi opinión, los valores de esta obra están determinados por la eficacia comunicativa de un lenguaje con el que Fernando Aramburu elabora su relato a través del recurso de la escritura de un diario personal en el que el protagonista, además de desahogarse contándonos las desdichadas experiencias de su niñez y de su juventud, nos narra episodios nocivos con su esposa, con su hijo y con su amigo. El punto de partida -su decisión de terminar con su vida- nos plantea el asunto de la esencial relación de la vida con la muerte, una cuestión natural que, a pesar de ser idéntica para todos los seres vivos, cada uno la asume de forma diferente: si para algunos es una experiencia de destrucción, para Toni, el protagonista, es una liberación o, simplemente, el fin de la existencia; si, para muchos, es el fondo de los miedos que experimentan en diferentes situaciones, para este profesor de filosofía es la cancelación de una vida decepcionante y aburrida. Por eso, tras haber vivido cincuenta y cinco años, decide no seguir viviendo.


Considero que la elevada calidad de esta obra estriba en la habilidad con la que Fernando Aramburu armoniza los “dis-cursos” trazados por las sensaciones, las emociones, las fantasías y los pensamientos de Toni con las experiencias diarias que éste vive. De esta manera logra un relato literario en el que los significados de comportamientos aparentemente caprichosos nos descubren las claves de diversos aspectos de una realidad que, observada desde fuera, nos parece similar a las de muchas de las personas con las que convivimos. En esas combinaciones de hilos de colores emotivos y racionales, reales y ficticios, dibuja el perfil humano de Toni claramente expresado con sus palabras claras, con sus actitudes displicentes y con sus reacciones airadas.


Gracias a sus penetrantes análisis esta obra de ficción nos traslada, paradójicamente, al mundo de la realidad: un mundo cercano al nuestro tanto física como ética y socialmente. Sentimos la sensación de que presenciamos y vivimos estos episodios experimentando las contradictorias sensaciones y los hondos sentimientos del protagonista tan acertadamente dibujado. Con su lenguaje claro descubrimos los fondos psicológicos de unos comportamientos que, a primera vista, nos podrían parecer extraños.


Las explicaciones claras y, al mismo tiempo, profundas que nos proporciona Toni evidencian los análisis psicológicos del autor que, como es sabido, constituyen las herramientas narrativas tradicionales que están vigentes en la actualidad y que gozan de una aceptación generalizada entre los críticos y los lectores. Los relatos de estos episodios son exploraciones serias que, además de interesarnos, nos distraen, nos divierten y nos hacen pensar. Son exámenes de unas maneras opuestas de concebir y de vivir el tiempo, el espacio, el amor, el desamor, la soledad, la amistad, el sexo, la belleza, la verdad, la alegría, la tristeza, la salud, la enfermedad, el trabajo, el ocio, el aburrimiento, la diversión y hasta la mediocridad política. Valoro, sobre todo, el tino con el que Fernando Aramburu logra interesarnos contrastando los opuestos modelos de mundo, las distintas concepciones de la vida y del bienestar humano. Esta obra constituye, a mi juicio, una explicación de las contradicciones en las que las personas normales vivimos. Los vencejos no sólo es una novela interesante, sugestiva y amena, sino también una guía orientadora para los escritores noveles que busquen pistas y pautas para sus creaciones.

sábado, 6 de marzo de 2021

HOMENAJE A LA MUJER, por José Antonio Hernández Guerrero


 En el día dedicado a la mujer me siento en la necesidad y en la obligación de mostrar mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento a una mujer concreta en la que resumo las cualidades de todas las mujeres con las que he convivido, con las que he trabajado y de las que he aprendido. Confieso con todo descaro que de todas ellas he aprendido a vivir, a crecer y a disfrutar. Hoy -os pido que me perdonéis- no me refiero, aunque también las aplaudo, a esas mujeres que los medios de comunicación presentan como modelos ejemplares de la lucha por reivindicar sus derechos humanos. Dedico mi homenaje a una mujer concreta que, con sus comportamientos, más que con sus discursos, me ha acostumbrado a escuchar, a contemplar y a meditar, a calibrar la importancia de los asuntos menudos y a interpretar los papeles secundarios a los que no solía dar importancia.

Hoy menciono, sin decir su nombre, a quien sin reservarse tiempo alguno y sin pretender destacar, con su lucidez, con su modestia y con su firmeza, ha contribuido, de una manera decisiva, para que realizáramos y culmináramos las tareas familiares y profesionales de las que, sin duda alguna, ella es la autora y la protagonista principal. Lo menos que puedo hacer es reconocer cómo, a veces sólo con su mirada limpia, refleja el resplandor directo de la satisfacción que ella experimenta por el “privilegio”, como dice ella, de acompañar en los momentos de alegría compartida y participar en las situaciones dolorosas logrando que la vida en común transcurra con dignidad.

Estas son las razones que, a mi juicio, explican la marea de respeto y de cariño que, inevitablemente, desbordan mi capacidad para explicar mi alegría y mi agradecimiento. Ante su grandeza y ante su sencillez sólo caben el asombro y el estremecimiento; sobran las palabras.

miércoles, 24 de febrero de 2021

LA BANALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA. Por JA Hernández


 Con el fin de evitar que se malinterpreten mis palabras declaro abiertamente, en primer lugar, que soy un firme partidario de la libertad de información y de la libertad de opinión. En segundo lugar afirmo sin reservas que comprendo y acepto que las creaciones artísticas -la pintura, la escultura, la música y la literatura- nos sorprendan por sus peculiares maneras de reinterpretar la realidad, por sus formas diferentes de describir los paisajes y por sus modos originales de relatar los episodios. Por eso reconozco que no es extraño que algunas expresiones estéticas sean provocadoras y nos sorprendan, nos asombren y nos incomoden.

Pero esto no quiere decir que cualquier grito estentóreo, cualquier brochazo desagradable o cualquier pedrada agresiva podamos o debamos calificarlos de artísticos ni mucho menos de aceptarlos como correctos.

Los gritos violentos que defienden el uso de la violencia, la quema de contenedores de basura, la ruptura de cristales, las agresiones a periodistas, los insultos a los que piensan de manera diferente deberían ser denunciados procedan de donde procedan y se dirijan a quienes se dirijan.

En estos momentos de especial dificultad es necesario -urgente- que los políticos, los educadores y los creadores de opinión unan sus voces y nos expliquen a coro que la violencia engendra más violencia, la mentira, más mentira, y la rabia, más rabia.

En mi opinión algunas de las raíces de estos lamentables hechos tan repetidos durante los últimos días nacen de ese proceso de banalización que está creciendo en nuestra sociedad, tienen su origen en ese ejercicio irresponsable de restar importancia a unos comportamientos que son peligrosos e inaceptables, a unos valores que son necesarios para vivir y para convivir. Deberíamos denunciar con claridad esa práctica tan extendida de reírnos de hechos que son graves y de faltar el respeto a instituciones y a personas que poseen unos derechos y una inviolable dignidad. Por favor, al menos, seamos serios.

OTROS ARTÍCULOS DE JA HERNÁNDEZ

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿Cambiará el coronavirus nuestras vidas? Por José Antonio Hernández

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Francesc Torralba

Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia

Barcelona, Plataforma Editorial, 2020

La perplejidad es, en mi opinión, la reacción más generalizada tras la invasión mundial del tsunami del coronavirus. Nos sentimos desconcertados, asustados y, a veces, aturdidos por este golpe que ha derribado, de manera implacable, unos modelos individuales y colectivos de vida que creíamos seguros, estables e infalibles. El impacto está siendo tan profundo que hasta nos resulta difícil que nos formulemos preguntas sobre lo que nos está ocurriendo y, por lo tanto, que seamos capaces de responderlas de manera coherente. En mi opinión, el acierto de este oportuno, riguroso e interesante libro radica en la habilidad con la que el autor -prestigioso filósofo y teólogo- señala los síntomas, en la profundidad con la que formula sus diagnósticos y, sobre todo, en la claridad con la que nos proporciona unas razonables orientaciones para que afrontemos sus previsibles efectos.

Partiendo de la constatación de las consecuencias que él vislumbra en el horizonte, y de la observación de los sufrimientos que están causando en muchas familias, llega a la conclusión de que se avecina una verdadera “catástrofe”, pero reconoce que esta crisis nos está permitiendo redescubrir importantes valores como el cuidado, la escucha, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia frente al mal, la cooperación intergeneracional, la generosidad y la entrega, unos bienes que, en la práctica, no ocupaban lugares relevantes en nuestra sociedad

¿Cambiará nuestra vida esta crisis? El profesor Torralba advierte que la incertidumbre del futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual es patente. Tras sus agudos análisis llega a la conclusión de que los cambios serán inevitables. Nos propone que repensemos nuestra actual manera de vivir, de relacionarnos, de producir y de consumir, y, además, nos invita a que imaginemos un futuro distinto, a que soñemos otro mundo posible para nosotros y para las generaciones venideras. Describe con detalle cómo los diferentes entramados sociales están cambiando porque ya somos conscientes de que, por ejemplo, se “volatilizan” los empleos, las empresas, las organizaciones, las celebraciones, las competiciones y los espectáculos. Efectivamente, por muy poco reflexivos que seamos, ya sabemos que todos somos interdependientes, frágiles y vulnerables.

En la segunda parte identifica las diferentes respuestas emocionales que esta crisis ha generado: sorpresa, desconcierto, rebelión, resignación y, finalmente, aceptación: no hemos tenido más remedio que “aceptar la realidad y asumirla con todas sus consecuencias”. Es posible que hayamos aprendido a mirar con atención -a “contemplar”- a los que se cruzan en nuestras vidas, a ver lo mismo pero de otra manera. Oportunas son, a mi juicio, sus detalladas explicaciones de los valores de los rituales, esos lenguajes corporales que expresan de manera directa nuestros mejores sentimientos, esas herramientas eficientes para evocar emociones colectivas, valores compartidos y creencias arraigadas. Muy oportunos son sus análisis de los cambios de valoración de otros valores como, por ejemplo, la importancia de la tarea de cuidar. De manera contundente afirma que tenemos que articular liderazgos fundados en el cuidado, y políticas públicas centradas en el cuidado de los ciudadanos en especial, de los más frágiles.

De imprescindible lectura son, sin duda alguna, las “siete cartas para el día después” dirigidas respectivamente a las madres, a las maestras, a los profesionales de la salud, a los políticos, a los profesionales del mundo social, a las personas mayores y a los jóvenes. Todas sus propuestas están fundamentadas, orientadas y alentadas por una honda esperanza. Es posible que, tras la atenta lectura de este oportuno libro, lleguemos a la conclusión de que, como indica el título, a partir de ahora nos sentiremos obligados a Vivir en lo esencial.

José Antonio Hernández Guerrero

miércoles, 26 de agosto de 2020

AMOR Y VEJEZ -EL RINCÓN DE LOS MAYORES-, por José Antonio Hernández Guerrero

 


Era inevitable que, tras conversar sobre la amistad, nos refiriéramos al amor: el impulsor central de la vida personal y la fuente nutricia de la supervivencia colectiva. “Por muchas vueltas que le demos y por muchas teorías que expliquemos, la única verdad es que, en todo lo que hacemos, pretendemos amar y ser amados. Esa es la conclusión a la que he llegado -nos dice Juan- al repasar las biografías de los grandes personajes y los comportamientos de las personas normales con las que he convivido”. Tras esta afirmación rotunda todos queremos intervenir para explicar la gran paradoja -la contradicción- que encierra este sentimiento, porque, como afirma Luis, el amor es la solución y el problema. Estamos de acuerdo en que es el motor de la vida humana, porque, como comprobamos en programas televisivos populares y en obras literarias importantes, el amor está en el fondo de la mayoría de las alegrías que disfrutamos y en las raíces de los sufrimientos que padecemos como amantes y como amados.


En mi opinión, aunque es cierto que ha sido el objeto predilecto de los estudios de las diferentes ciencias humanas y uno de los asuntos preferidos por los diversos lenguajes artísticos, también es verdad que muchos de los problemas han surgido por la frivolidad con la que frecuentemente se simplifica su naturaleza íntima y su complejo funcionamiento. Y me refiero, no sólo a los comentarios televisivos de los programas de ocio o de humor, sino también a algunos mitos que seguimos celebrando, sacralizando y dramatizando, al mismo tiempo que los ridiculizamos y los parodiamos.


En la teoría, los mayores reconocemos que es la clave que interpreta los principales enigmas humanos, y la fórmula que resuelve muchos de los problemas de la convivencia pero, en la práctica, no lo aplicamos con la coherencia ni con la asiduidad que sería de esperar. A veces, temiendo que nos ciegue y nos despiste, neutralizamos su posible influencia e, incluso, actuamos en contra de sus dictados. Es frecuente, también, que lo cubramos de apariencias rígidas y que lo disimulemos con máscaras grotescas, para evitar que los demás adviertan su poderosa influencia.


El amor en la ancianidad es, efectivamente, la única clave inexplicable que es capaz de dotar de sentido al “sinsentido”: es una necesidad y una obligación y, además, un don y un buen negocio. Estoy convencido de que es la única flor que no se pudre, la única cosecha que el tiempo no calcina ni los vientos esparcen sus restos por muy sutiles que sean. El amor, cuando es auténtico, es una chispa eterna y un fuego inextinguible que nunca se convierten en cenizas. Quizás el secreto de su supervivencia y de su fecundidad estribe en que más que río caudaloso -más que hinchazón o brillo, más que volcán o rayo- es una corriente subterránea que nos nutre.


Inevitablemente -queridos amigos- hoy me veo obligado a referirme a mi principal maestro en los estudios sobre Retórica, el profesor Marc Fumaroli, un amante y un amado que, a sus 88 años, ha fallecido en París. Reconozco que su monumental obra Historia de la Retórica Moderna ha sido una de las fuentes que han alimentado los trabajos sobre comunicación que hemos elaborado la profesora María del Carmen García Tejera y un servido, pero en esta ocasión me refiero al libro que me recomendó hace ya más de cuarenta años: se titula, Amor y vejez, y su autor es Francois René De Chateaubriand.

miércoles, 19 de agosto de 2020

El lujo de atesorar tiempo. Por J.A. Hernández, catedrático emérito de la UCA

 

Con independencia de la edad que tengamos -querida amiga, querido amigo-, una reflexión sobre el tiempo –el mayor capital y el más difícil de administrar- siempre es oportuna. Es probable que –tú igual que yo-, alguna vez, hayas experimentado la paradoja de que, cuanto más escaso es, más te cunde, y de que, por el contrario, cuando es más abundante, te resulta insuficiente para desarrollar los planes que, ilusionado, habías realizado.

En estos momentos se me ocurre que, en vez de imaginar esos ambiciosos proyectos que nos dibuja la publicidad, deberíamos elaborar una breve lista con aquellos pequeños placeres de la vida, con esos goces que no cuestan dinero y que, a pesar de estar al alcance de la mano, apenas les prestamos atención. Son esas sencillas actividades que más nos gratifican como, por ejemplo, leer tranquilamente un libro que, como si lo leyéramos con todo el cuerpo, nos hace sentir, soñar, pensar y, sobre todo, nos ayuda a estar con nosotros mismos.

En estos tiempos en los que las modernas tecnologías de la comunicación han tejido esa tupida red universal en la que de manera interrumpida todos nos comunicamos con todos -las páginas webs, los móviles, los chats, los foros y los blogs- es un lujo suntuoso disfrutar durante un rato de nosotros mismos, recrearnos recortando trozos de nuestro pasado y dibujando esbozos de nuestro porvenir.

Es posible que, en la actualidad, los dos –tú y yo- estemos excesivamente influidos por una creciente concepción económica según la cual el tiempo es, por un lado, una herramienta de uso y lucro, como una mercancía, como una banda ancha de intercambio de comunicaciones productivas, como una mera posibilidad de remar hacia la plusvalía. Me refiero a ese tiempo enajenado que nos convierte en unos sujetos que no somos dueños sino empleados de nuestros días. Pero, en mi opinión, es peor todavía que, cuando se nos queda vacío, lo consideremos como una seria amenaza para nuestro equilibrio psicológico. Algunos llegan a temer los días libres, porque, según dicen, se ahogan en el tiempo o languidecen entre las horas muertas; por eso, quizás, son tantos los que acuden a los espectáculos ruidosos y multitudinarios.

Estoy convencido de que, para disfrutar verdaderamente de la compañía y de las palabras de los demás, es indispensable que, previamente, hayamos aprendido a sentir el placer de estar solos y el goce de escuchar el silencio. Será entonces cuando estaremos en condiciones de comunicar esas experiencias que, sin necesidad de invertir dinero, nos resultan esencialmente útiles: esos caprichos, esos gustos y esos episodios que cumplen plenamente con su función cuando se comparten con algún otro que, al comprendernos, incrementa el valor de nuestras cosas.

Creo que deberíamos aprender algunas fórmulas eficaces para atesorar cada momento que vivimos y, sobre todo, para compartirlo con alguien especial: se trata de vivir una vida simple, en paz, con mayor tranquilidad, sin estrés y sin ansiedad. Estoy de acuerdo con Carlos Fresneda quien, en su libro La vida simple, partiendo de una máxima de Epicteto -“La vida feliz será imposible mientras no simplifiquemos nuestros hábitos y moderemos nuestros deseos”-, nos aconseja que pasemos de los excesos de la sociedad de consumo a la búsqueda de nuevos estilos de vida. Creo que ésta es la mejor fórmula para ganarle tiempo al tiempo.

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lunes, 17 de agosto de 2020

Necesitamos acompañar para sentirnos acompañados. Por José Antonio Hernández


Estoy gratamente sorprendido por el elevado número y por la notable calidad de los comentarios que he recibido sobre el artículo del sábado pasado titulado “La hora de los mayores”. “Y es que -me dice Juan- nosotros, lo viejos, leemos más que los jóvenes”. Confieso, sin embargo, que lo que más me ha llamado la atención ha sido la coincidencia de varios lectores al señalar que el hecho que “más nos duele” es la soledad. Éste ha sido el asunto sobre el que hemos conversado en nuestra última reunión semanal.

Hemos llegado a la conclusión de que, aunque es cierto que los dolores del cuerpo, los sufrimientos del alma y los procesos de las enfermedades y de la muerte los sentimos de forma personal e intransferible, también es verdad que la compañía de seres comprensivos nos alivia de una manera importante. La mirada atenta, la palabra amable y hasta el silencio respetuoso nos proporcionan unas inestimables energías para mantener un estado de ánimo imprescindible para sobrevivir. Pero, si prestamos atención a la experiencia de acompañar, fácilmente podemos llegar a la conclusión de que es el acompañante quien sale más beneficiado. Vivimos en una sociedad de complejidad creciente donde demasiadas personas ancianas se sienten solas, aisladas o confundidas entre la muchedumbre. Algunas se distancian de quienes las rodean porque se creen marginadas y deciden cortar los hilos que las vinculan al entorno sufriendo un desamparo -dice Paco- “similar al de las ratas abandonadas por su madre”.

Todos sabemos que no podemos vivir sin comida saludable, sin agua limpia o sin aire puro, pero reflexionamos escasamente sobre la necesidad de compañía y sobre los prejuicios que produce la soledad. La medicina actual reconoce que las dolencias orgánicas por las que muchos de los pacientes acuden a los hospitales y a los ambulatorios tienen su origen en el alma, en el espíritu o en la mente. La ansiedad que genera la soledad -en el fondo, “un mal de amor”, según Manolo- puede provocar un debilitamiento progresivo del sistema inmunitario porque genera una tendencia a la indolencia y a la atonía, a la alimentación defectuosa y al abandono del cuidado personal. Los psicólogos explican cómo el equilibrio de las emociones exige contactos humanos, relaciones sociales satisfactorias, gestos amables, miradas cómplices y palabras amistosas. A las personas que se sienten abandonadas les cuesta dormir y, generalmente, descansan menos durante el sueño que quienes gozan de compañía, sus heridas tardan más en cicatrizar, sus resfriados se hacen crónicos y hasta puede generar la demencia.

Estoy convencido -concluye solemnemente Juan- de que el beneficio es mutuo y, también, el agradecimiento, ese sentimiento impagable que favorece la autoestima, fortalece las conexiones neuronales, estimula las emociones, incrementa la cohesión social, enriquece nuestros valores éticos y vigoriza el sistema inmunitario. En resumen, necesitamos acompañar para sentirnos acompañados.

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domingo, 16 de agosto de 2020

EL EXCESIVO AFÁN DE “ÉXITO” PUEDE PARALIZAR EL CRECIMIENTO HUMANO, por José Antonio Hernández Guerrero


Como hace el autor, las reflexiones de este libro sólo nos servirán si nos estimulan para que efectuemos un análisis autocrítico que descubra las motivaciones profundas de nuestras aspiraciones, de esas “metas económicas” que, a veces, son las impulsoras reales de nuestros proyectos vitales, humanos, profesionales, sociales, políticos o religiosos. El autor se refiere a los criterios que aplican los alumnos para elegir las titulaciones y los centros universitarios más prestigiosos en los Estados Unidos pero, sin duda alguna, sus comentarios son aplicables a las demás decisiones que adoptamos en los demás niveles y ámbitos profesionales. Es normal que todos elijamos los caminos que nos conducen al “éxito” pero también es frecuente que ese “éxito” comporte el freno y, a veces, la parálisis del crecimiento humano y, por lo tanto, la frustración y la pérdida del bienestar personal, familiar y social.


Este ejercicio de introspección nos anima para que cada uno de nosotros nos adentremos en nuestro mundo interior y allí, en la soledad de la conciencia, reflexionemos sobre el riesgo de dejarnos arrastrar por ese afán de éxito “atrapados en una burbuja de posibles privilegios” que nos roban lo más valioso de nuestra libertad para construir un futuro realmente provechoso y gratificante.


Hemos de tener claro que, con mucha frecuencia, la lucha por el éxito impide el verdadero aprendizaje de la vida porque hace que olvidemos que la educación es -debe ser- la senda por la que una sociedad articula y transmite sus ideales, esos contenidos fundamentales para el bienestar personal, familiar y social. Importantes, a mi juicio, son las pautas que traza para orientar a los alumnos en la búsqueda de caminos que le ayuden a crecer como seres humanos que, desprendidos de las “garras del sistema vigente”, se formen como seres libres de esas influencias tóxicas que, alimentando el miedo, la ansiedad, la depresión y el vacío, conducen a la soledad y a la falta de sentido.


Como el autor señala, la ausencia en nuestros vocabularios de la palabra “ideales” es indicativa de la devaluación de nociones tan importantes como “justicia”, “belleza”, “bondad”, “bien”, “verdad” que, como es sabido, constituyen las bases de una vida humana, del bienestar psicológico, de la convivencia familiar y de la paz social. Por eso nos llama la atención sobre la sustitución del término “virtud” por otro algo más “ligero” como “valor”. Tras la lectura de este libro he llegado a la conclusión de que las aspiraciones profesionales y la elección de centros de estudio y de proyectos profesionales aplicando criterios preferentemente económicos, además de ser una ingenua simplificación del bienestar humano, entraña un empobrecimiento dañino de la vida individual y social. La experiencia nos muestra cómo cuando mutilamos el cuerpo de los principios éticos, sociales y religiosos, se resiente todo el equilibrio personal y se derrumba, incluso, la estructura de la vida familiar: nos hacemos más vulnerables porque perdemos de vista que la vida humana posee unos contenidos morales, sociales y religiosos que son complementarios y que, cuando olvidamos o prescindimos de cualquiera de ellos, se devalúan los demás bienes personales y colectivos.


[ William Deresiewicz
El rebaño excelente
Madrid, Rialp, 2019].

martes, 11 de agosto de 2020

Los dolores fortalecen el cuerpo y los sufrimientos hacen crecer el espíritu. Por José Antonio Hernández Guerrero, catedrático emérito de la UCA

 


Estoy sorprendido por las interesantes preguntas y por las sugerentes cuestiones que los lectores me han propuesto al hilo de las ideas vertidas en los artículos sobre la existencia del bienestar y sobre los sufridores. Como es natural, muchas de las opiniones no coinciden con mis planteamientos, de la misma manera que las experiencias en las que aquéllas se apoyan son diferentes e, incluso, opuestas a las mías. No caeré en la pretensión -errónea e inútil- de defender con argumentos unas convicciones basadas, como ya indiqué, en mi experiencia personal sólo válida para mí y para aquellos que la hayan vivido de manera análoga.

Aprovecho, sin embargo, la oportunidad para aclarar algunas confusiones que en varios comentarios sobre los obstáculos del bienestar se repiten en los mensajes que he recibido. Hemos de reconocer que las enfermedades, los dolores y los sufrimientos -aunque sean realidades humanas estrechamente relacionadas- nos son manifestaciones idénticas.

Las enfermedades son afecciones comunes a todos los seres vivientes -a las plantas, a los animales y a los humanos-; son unos avisos que, amenazadores, nos anuncian la muerte; son las advertencias que, insistentes, nos recuerdan que somos débiles frente a la fuerza agresora de la naturaleza, y son unos síntomas que, claramente, nos revelan que llevamos encerrados en el interior de nuestras entrañas los enemigos de nuestra propia supervivencia. Los dolores los padecemos todos los seres animados -no las plantas- y constituyen llamadas de atención de mal funcionamiento de las piezas de nuestro complejo organismo; son las alertas que se encienden para comunicar el fallo de algún órgano; son las señales que nos alertan de que algún mecanismo corporal está estropeado.

Reconozco que los animales sufren en cierto sentido como, por ejemplo, cuando advierten un peligro, cuando se sienten abandonados o cuando perciben el peligro de muerte pero, en el sentido estricto, los sufrimientos son propiedades peculiares de los seres humanos; son prerrogativas que nos distinguen de los demás vivientes, son ecos profundos racionales de los dolores físicos, de las agresiones psicológicas o de los ataques morales: los dolores atacan el cuerpo y los sufrimientos hieren el alma. Sólo los seres humanos interpretamos el dolor y medimos sus dimensiones; sólo nosotros reaccionamos mentalmente ante estímulos desagradables y respondemos directamente con nuestra inteligencia, con nuestra imaginación y, sobre todo, nuestra emotividad.

Pero el sufrimiento es, además, una de las vías más seguras y más directas para penetrar en el fondo secreto de las realidades humanas, una clave segura para conocer el sentido profundo de los sucesos. Baudelaire, con vigor, con entusiasmo y con hondura, nos dice que la verdad reside en el sufrimiento, en el dolor que es la nobleza más ilustre: la única aristocracia de este mundo, que completa y humaniza turbadoramente la visión de las cosas. Milan Kundera en su libro titulado La inmortalidad defiende que la base del yo no es el pensamiento sino el sufrimiento porque, en un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo: “el sufrimiento no sólo es la base del yo, su única prueba ontológica indudable, sino que es también de todos los sentimientos el que merece mayor respeto: el valor de todos los valores”. Todos sabemos que los dolores fortalecen el cuerpo y los sufrimientos hacen crecer el espíritu.

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viernes, 7 de agosto de 2020

LA CAJA NEGRA DE LA CRISIS ECONÓMICA. Por José Antonio Hernández Guerrero


En mi opinión, la afirmación de que las crisis económicas mundiales son fallos exclusivos del sistema y que, por lo tanto, no es posible identificar a sus principales responsables, es cierta sólo parcialmente. Ya sabemos que el modelo neoliberal privilegia el capital y que sitúa en un segundo lugar las repercusiones sociales, pero también hemos de reconocer que no es verdad que el único causante de los problemas sea el mal funcionamiento de los mercados y el desbarajuste de las finanzas. Mucha culpa la tienen también la ineptitud económica de algunos políticos -que casi nunca pierden- y la insensibilidad social de muchos financieros -que casi siempre ganan-.


Me atrevo a opinar que las claves de las crisis -esos agujeros a los que los economistas, los políticos, los periodistas ni siquiera los espeleólogos logran tapar- están encerradas en la caja negra que nadie se atreve a abrir. La razón profunda del despiste tan generalizado estriba en la decisión de poner parches mientras que renuncian a ahondar en las raíces éticas de las graves dolencias. Como ocurre con el dolor, con la fiebre y con los demás síntomas patológicos, estos trastornos económicos deberían hacernos conscientes, al menos, de que el motor de la conciencia moral y social está fallado.


Las crisis económicas son, además, unas llamadas de atención para que los responsables hagan un diagnóstico acertado y apliquen los remedios eficaces. Pero el cuadro de síntomas se complica gravemente cuando, en vez de interpretar correctamente las advertencias, los “curanderos” se empeñan en ocultarlas mediante la aplicación de simples calmantes que suavizan los síntomas pero que no eliminan el daño: no podemos curar el cáncer que nos corroe las entrañas -la conciencia- con una simple aspirina.


En el fondo de las crisis económicas actuales encontramos ese principio tan generalizado y tan peligroso según el cual el factor más importante del ser humano es la cartera. Las raíces hondas de estas crisis que presenciamos todos, que lamentamos muchos y que la sufren los de siempre, se ahondan en un egoísmo suicida que anula la cooperación y elimina la solidaridad. Mientras que no orientemos las actividades económicas hacia un concepto integrador del ser humano que también considere la dimensión la social y comunitaria, mientras que se concentren los esfuerzos en resolver sólo la crisis económico-financiera aplicando la receta de los despidos baratos y de los recortes de salario, los problemas más graves seguirán acuciando a la gran mayoría de ciudadanos.