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viernes, 2 de septiembre de 2022

Transhumanismo y natalidad. Por R. Sánchez Saus


Resulta increíble cómo se acepta en Occidente la vertiginosa caída de la natalidad, por más que se sepa que nos lleva a sociedades inviables desde cualquier perspectiva. El caso español es muy llamativo, con un índice de fecundidad por mujer de 1,2 hijos, uno de los más bajos del mundo. Sin apenas incidencia ya de la pandemia, entre enero y junio de 2022 la diferencia entre fallecimientos y nacimientos fue de 72.000 personas, lo que aboca inexorablemente y en breve plazo, pues esta tendencia negativa se remonta ya a 2015, a un insostenible envejecimiento por falta de reemplazo generacional.

Es imposible encontrar, en toda la historia humana, un fenómeno semejante, sobre todo porque no hay ninguna razón que pueda justificarlo. Me asombra especialmente la indiferencia política hacia esta cuestión, la más grave de las amenazas a que nos enfrentamos, hasta el punto de haber llegado a pensar si en las mentes privilegiadas que nos rigen no anida la idea, todavía no expresable por sus enormes consecuencias éticas, de que en un futuro no lejano será posible programar el reemplazo generacional, según las necesidades de cada momento, a través de la "producción" de seres humanos al margen de la unión entre hombres y mujeres.

Nadie duda ya de que la ciencia y las técnicas reproductivas puedan garantizar esa posibilidad en no muchos años. Otra cosa es si esos "productos", cuya programación podría incluso excluir la posibilidad de la muerte tal como la vivimos, podrían ser considerados seres humanos. Es preciso preguntarse, con el filósofo François-Xavier Bellamy, si todavía sería una vida humana aquella que no estuviera marcada por el nacimiento y la muerte: "El mundo humano está esencialmente caracterizado por la natalidad", de forma que "la llegada de nuevos individuos, cada uno con una libertad que hará que su aventura sea singular y que dejará su impronta, visible o invisible, pero siempre única e inédita" es la garantía de la renovación. Dicho de otra forma, ahora por Hannah Arendt: "El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y natural es en último término el hecho de la natalidad (…) Solo la plena experiencia de esta capacidad puede conferir a los asuntos humanos fe y esperanza".

Fe y esperanza han sido los grandes pilares de nuestra civilización. Hoy se prefieren otros y la muerte de lo humano empieza a ganar la partida.

miércoles, 13 de enero de 2021

QUO VADIS, EUROPA. Por Rafael Serrano

San Juan Pablo en Santiago de Compostela, 1982

El tema de la descristianización de Europa preocupa y creo que es necesario crear conciencia social de la importancia que tiene para la vida de todos que en Europa estén vigentes los valores cristianos que modelaron su cultura. 

Estamos iniciando un nuevo año, que deseo a todos muy feliz, y que podamos dejar atrás los penosos días del año que acaba de terminar. Son éstas, fechas para balance y para plantear nuevos objetivos para el año. Entre los muchos acontecimientos vividos en el año que termina he elegido el tema de Europa para esta reflexión. Creo que el balance de la Unión Europea en este último año no es muy positivo. Muchos han sido los asuntos que no se han resuelto satisfactoriamente, a mi juicio. En la gravísima crisis sanitaria surgida a consecuencia de la COVID-19 ha faltado una respuesta pronta, común, eficaz y solidaria; en el caso de la emigración tampoco se ha adoptado una política conjunta, justa, humanitaria y equitativa. Las negociaciones con el Reino Unido para una salida acordada tampoco han sido acertadas ni ha satisfecho a todas las partes y han suscitado temores e incertidumbres. Por otra parte el Parlamento Europeo so pretexto de la defensa de los Derechos Humanos ha adoptado como principio directivo la “ideología de género”, con la pretensión de que sea norma en todos los países de la Unión aun en contra de la posición de algunos, de sus miembros, como Polonia. 

Ante este somero balance, que soy consciente de que es muy fragmentario e incompleto me pregunto: “¿A dónde vas, Europa?” ¿Es ésta la visión que animaba a los Padres de la Unión Europea, -De Gasperi, Adenauer, Schuman…- al emprender el sueño de una Europa unida? 

Ya San Juan Pablo II en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela el 9 de noviembre de 1982 ante “representantes de organizaciones nacidas para la cooperación europea” y ante “hermanos en el Episcopado de las distintas Iglesias locales de Europa” afirmaba: “no puedo silenciar el estado de crisis en el que se encuentra, al asomarse al tercer milenio”. “La crisis alcanza la vida civil como la religiosa. En el plano civil Europa se encuentra dividida... La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de ideologías secularizadas, que van desde la negación de Dios, o la limitación de la libertad religiosa o la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción ; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un “nihilismo” que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, 

La situación de nuestro continente que nos describe San Juan Pablo II en el ya lejano 1982, no ha mejorado, más bien al contrario, en algunos aspectos ha empeorado. Y con voz enérgica afirmaba: “Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades.” 

Sería un buen proyecto para el año que acabamos de comenzar, el emprender, cada uno desde su situación personal y social, esta reconstrucción de la unidad espiritual, revivir los valores auténticos, contribuir a que Europa vuelva a encontrarse. 

 Rafael Serrano Molina

lunes, 11 de enero de 2021

La importancia del tiempo cronológico y meteorológico. Por JA Hernández Guerrero

La Sierra amanece con un manto blanco

La nevada ha afectado seriamente a toda nuestra vida y, como consecuencia, ha trastocado los contenidos de la información y, por supuesto, nuestras conversaciones. Hemos dejado de referirnos a las cuestiones políticas y hasta nos hemos olvidado de los problemas de coronavirus. Las precipitaciones de nieve y las fuertes rachas de viento han obligado a cortar carreteras, a paralizar las operaciones en aeropuertos, a suspender trenes y a desviar vuelos. El temporal ha influido también en los deportes hasta tal punto que la Real Federación de Fútbol ha determinado la suspensión de muchos de los encuentros programados.

Estos hechos nos demuestran cómo no solo la cronología -el paso del tiempo- sino también la meteorología -los cambios atmosféricos- nos importan mucho. Fíjense como las encuestas nos dicen que, mientras que la información política interesa a un 34 por ciento de la población, los datos meteorológicos los siguen un 70 por ciento. Es que el frío o el calor, la lluvia o el viento influyen en el trabajo y en el ocio, en las actividades comerciales y deportivas y, sobre todo, en nuestro estado de ánimo. El tiempo, aunque lo midamos linealmente, posee múltiples dimensiones. Los relojes y los calendarios nos despistan y nos engañan porque no son capaces de informar sobre sus contenidos ni de calcular la anchura, la altura y la profundidad de cada instante: hemos de aprender a valorar el tiempo y, en la medida de lo posible, a apresarlo entre nuestras manos.

No podemos borrar, corregir ni enmendar el camino andado, pero el trayecto recorrido nos advierte sobre la senda venidera. Tengamos en cuenta que, a pesar de la erosión del tiempo, el pasado, luminoso u oscuro, alumbra el futuro. Vivir es saborear los diferentes alimentos que la vida nos proporciona, es gustar sus colores, sus olores y sus sabores, y, también, probar su amargor o su acidez.

En contra de lo que nos dicen las ciencias, podemos perder el tiempo y recuperarlo, pararlo y aligerarlo, estrecharlo y ensancharlo, alargarlo y acortarlo, enriquecerlo y empobrecerlo. ¿No es cierto que usted ha vivido unos minutos larguísimos y otros cortísimos? ¿No es verdad que ha revivido momentos de felicidad o de dolor? El tiempo, efectivamente, es un billete ambivalente: su valor depende del empleo que de él hagamos. Y es que el tiempo -el cronológico y el meteorológico-, más que oro, es vida.

ENLACE A OTROS ARTÍCULOS DE JA HERNÁNDEZ

viernes, 8 de enero de 2021

La felicidad posible. Por Rafael Sánchez Saus

Hay quienes han descubierto el valor de una familia por la que desvelarse más allá de lo económico

Leo en este mismo diario la estupenda y casi increíble noticia de que, según reciente encuesta, nada menos que el 65% de los españoles se sienten felices, en tanto sólo un exiguo 7% tiene el valor de considerarse desgraciado en este país de hombres felices. El resto, como parece ser norma en otras latitudes, ni fu ni fa. Porque debe saber el amable lector que estos números nos ponen a la cabeza de Europa en ese mágico índice -ya iba siendo hora de que encabezáramos alguna estadística no fatídica- y sólo los finlandeses, ese pueblo al parecer ejemplar del que en realidad casi nadie sabe nada, nos ganan en optimismo ante el muy previsible 2021.

Yo quisiera creer que la felicidad de los españoles no responde a la mera ceguera ante la que tenemos encima ni a sobredosis de propaganda gubernamental por vía televisiva, como muy posible es, sino a razones más hondas aunque menos patentes. El malo de remate -dicho sea sin especial ironía- año que se despide, agravado desde todos los ángulos posibles por la casi inverosímil negligencia e inoperancia de nuestros gobernantes, cuyo único afán exitoso consiste en hacer pagar a media España el pecado de no haberles votado, pudiera haber sido también un tiempo lleno de logros de los que sólo se oye hablar una vez se ha dejado sentada la maldad insalvable, las pérdidas irreversibles, del 2020. Pero hay quienes, entre tanta calamidad, han descubierto nada menos que el amor y el valor de la compañía de una familia a la que cuidar y por la que desvelarse más allá de lo económico, la importancia de poseer un hogar con rincones más confortables de lo antes imaginado, de recibir llamadas o correos de personas que de veras se preocupan por nosotros porque nos quieren. Y quienes habrán aprovechado la brusca interrupción del ruido habitual en la vida de hoy para reencontrarse consigo mismos, para pedir y obtener la fuerza para reconciliarse con aquel familiar o amigo con el que creían haber roto para siempre, para disfrutar de nuevo con lecturas o películas casi olvidadas, tal vez para regresar de forma más honda y personal a una fe que había quedado traspapelada pero no muerta.

Sí, esas y otras muchas posibilidades al alcance de la mayoría pueden ser causa bastante para alimentar una felicidad y nutrir un optimismo ante la vida que ni los años nefastos ni los gobiernos lamentables pueden destruir.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Un análisis pone de manifiesto el genuino carácter espiritual del amor humano. Por JA Hernández

 


El amor es una de las experiencias humanas más paradójicas y, a veces, menos comprensible. A pesar de que, por ser el impulsor central de la vida personal y la fuente nutricia de la supervivencia colectiva, ha sido uno de los objetos de estudio predilectos de todas las ciencias humanas y uno de los asuntos preferidos por todos los lenguajes artísticos, su naturaleza íntima y su complejo funcionamiento siguen siendo misteriosos. Es un concepto anfibio, fabricado en parte por imágenes creadas por los poetas y, en parte, por abstracciones sutiles elaboradas por los filósofos y por los teólogos.

Este libro -breve, riguroso y claro- nos resulta oportuno y útil a los lectores que, sin ser especialistas en filosofía, nos hacemos preguntas básicas como, por ejemplo, sobre su naturaleza espiritual o, en otras palabras, sobre las diferencias que separan los sentimientos de los animales y los de los seres humanos. Es cierto que tanto unos como otros experimentamos sensaciones gratas o molestas, pero no siempre solemos distinguir las diferencias entre dichas experiencias.

Se admite generalmente que las diferencias entre los seres humanos y los animales estriban en el pensamiento y en la conciencia pero no se tiene tan clara las distinciones entre las diversas maneras de vivir y de expresar la afectividad. ¿Es el amor humano una respuesta orgánica similar a las reacciones de los animales? ¿Es una manifestación parecida a otros tipos de sentimientos como, por ejemplo, la “irritación o ciertos estados de angustia?”

La respuesta del autor es categórica: “Un análisis libre de prejuicios de la esencia del verdadero amor, de un noble gozo, de un profundo arrepentimiento, muestra por el contrario, sin embargo, que estos actos poseen todos los indicios de lo específicamente espiritual”. Especialmente importante es, a mi juicio, la claridad con la que el autor –uno de los mayores filósofos católicos del siglo XX- explica cómo constituye un error no reconocer que los sentimientos superiores, las respuestas afectivas como el amor humano, son radicalmente distintos a los sentimientos inferiores no espirituales. Como ejemplo nos propone el análisis de sentimientos superiores como la alegría que experimentamos por la liberación de alguien que se hallaba prisionero injustamente en un campo de concentración.

Su detenido repaso de las diferentes emociones superiores y, en espacial, de la afectividad nos muestra su riqueza espiritual y el decisivo papel que ejerce en nuestros comportamientos más humanos. Frente a la representación del amor por una imaginería fracturada y heterogénea, construida a veces mediante una ingenua simplificación, este análisis pone de manifiesto el genuino carácter espiritual del amor humano que alcanza el nivel más alto de la afectividad.

José Antonio Hernández Guerrero

 


martes, 18 de agosto de 2020

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: LOMLOE. Por Rafael Serrano

 

El título de la novela de Gabriel García Márquez, me sirve para encabezar mis reflexiones sobre la Ley de Educación, actualmente en tramitación parlamentaria, la LOMLOE, o Ley Celáa, como se la conoce. Y es que esta Ley, si se llega a aprobar en el Parlamento, cosa bastante probable, a mi juicio, nace muerta. Voy a explicar por qué lo creo así. En primer lugar, como la propia designación de la Ley anuncia, lo que trata es de recuperar la LOE, una Ley educativa que como todas las leyes educativas en España desde hace 40 años, resultó breve, nefasta e inconsistente, y ello debido a que en ella se buscaba más hacer una Ley ideológica, al servicio de intereses políticos y de partido, que dotar al sistema educativo de una Ley eficaz para lograr la mejor formación y educación de nuestros niños y jóvenes. 

A pesar de que la LOMLOE, manifiesta su intención de modificar la LOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE), tales modificaciones, lo que introducen además de la innecesaria utilización del leguaje “inclusivo” (niños y niñas; padres y madres; alumnos y alumnas…), es una mayor carga ideológica con un reforzamiento de la ideología de género. Por ejemplo, en su artículo 1 apartado l) dice; “El desarrollo de la igualdad de derechos, deberes y oportunidades, el respeto a la diversidad afectivo-sexual y familiar, el fomento de la igualdad efectiva de mujeres y hombres a través de la consideración del régimen de la coeducación de niños y niñas, la educación afectivo-sexual, adaptada al nivel madurativo, y la prevención de la violencia de género, así como el fomento del espíritu crítico y la ciudadanía activa”. Cabría preguntarse si se pretende transmitir la idea de que son equiparables cualesquiera tipos de familia; si pretende el Estado asumir el derecho y el deber de los padres de dar la educación moral de acuerdo con sus convicciones, y no cabe duda que la educación afectivo-sexual tiene mucho que ver con la formación moral. 

También claramente la Ley pretende privilegiar la coeducación, a pesar de que ya el Tribunal Constitucional desestimó un recurso, contra la LOECE, declarando CONSTITUCIONAL LA EDUCACIÓN DIFERENCIADA Y DEJA LA PUERTA ABIERTA A SU FINANCIACIÓN PÚBLICA SI LOS CENTROS CUMPLEN LA LEY. 

Creo que con lo anteriormente expuesto queda claramente de manifiesto el carácter fuertemente ideológico de esta Ley. Pero por otra parte hay otras razones que hacen de esta Ley, una más con fecha de caducidad. El Proyecto de esta Ley no ha contado con informe del Consejo de Estado; tampoco cuenta con consenso parlamentario, pues la enmienda a la totalidad fue votada por 153 votos, aunque estas enmiendas fueron rechazadas por 195 votos, trámite parlamentario que, por cierto se llevó a cabo en pleno estado de alarma. Tampoco cuenta con el apoyo unánime de la comunidad educativa, padres, sindicatos y centros privados. 

¿Puede una Ley en estas condiciones ofrecer garantía de perdurabilidad, al menos de diez años, como la Ministra pide para su total implantación? Cuando vivimos unos tiempos de una inestabilidad política, social, económica que no permite prever el futuro, ni el más inmediato, ¿quién puede predecir que no haya un cambio de Gobierno en poco tiempo y se vuelva a plantear otra Ley de Educación? 

España necesita un gran pacto por la Educación que garantice la formación de nuestros hijos de modo que se les ofrezcan mejores perspectivas de futuro. Esto es lo que debemos exigir a nuestros políticos. Está en juego el futuro de nuestros hijos y el de nuestra nación. 

En otros artículos abordaré otros aspectos del contenido de esta ley en que podemos ver luces y sombras. 

Rafael Serrano Molina

lunes, 10 de agosto de 2020

CORROMPER A UN REY. Por Rafael Sánchez Saus, catedrático de Historia de la UCA



¿Se puede corromper a un rey? Es tema viejo en la literatura política y en la cronística cortesana de todas las épocas, desde el canciller López de Ayala o el vitriólico Alonso de Palencia, y un tópico para poder explicar el desastre final de un reinado. ¿Cómo se corrompe a un rey?

Juan Carlos I desarrolló sus indudables aptitudes como monarca constitucional mientras se sintió escrutado en su poco cómoda posición como sucesor del hombre innombrable a quien debía el trono. A la tensa relación con Adolfo Suárez, por razones que casi hacen sonreír a la vista de las puñaladas actuales a don Felipe y a la institución, le siguió un largo tiempo de vino y rosas con los verdaderos dueños del poder, el PSOE y la nueva oligarquía mediática, financiera y empresarial que se fue generando en aquellos años de felipismo. La fórmula rozaba la perfección: el socialismo hegemónico se abstenía de cualquier cuestionamiento de la Monarquía y de su titular; éste ofrecía la imagen internacional requerida y, tras el 23-F, garantizaba el control de los sectores que podrían haberse movilizado ante el declarado y cumplido propósito de ir hacia una España "que no la conociera ni la madre que la parió". Los regímenes no se construyen con lealtades inquebrantables ni amores a primera vista, sino con alianzas entre los inicialmente hostiles, soldadas con intereses que pronto devienen afectos. El verdadero régimen del 78 no nace con la Constitución, sino merced a ese entendimiento que nadie después pudo o supo igualar, entre un rey venido del franquismo y un presidente socialista.

Aquella historia terminó en la orgía de corrupción económica y demolición de valores y costumbres que caracterizó a la sociedad política de los 90, la que, desde entonces, ha ido minando la vida española en todas sus facetas. ¿Iba ser el Rey el único que no se forrara, que no saltara de cama en cama? Los interesados en que fuera uno más de la partida eran los mismos que le procuraban la total omertá de los medios, un blindaje con el que no hubiera podido soñar ningún rey absoluto. Cuando esa complicidad dejó de interesar, el resquebrajamiento fue inevitable, y con él la ignominia. Ahora, el ensayo de Monarquía ejemplar de Felipe VI se hace muy difícil: un Rey modélico no puede tejer alianzas con dirigentes entregados a la mentira, el sectarismo y la vulneración del estado de Derecho en un país de elites apátridas y moralmente arrasado.