martes, 16 de junio de 2026

Ni en el notario ni al repartir bienes: cuándo empieza realmente una herencia

 


Cuando una persona fallece, sus herederos tendrán que decidir si aceptan o rechazan los bienes y uno de los errores más frecuentes que pueden surgir es cuando comienza realmente el proceso hereditario. Aunque muchas personas asocian el inicio de la herencia a la lectura del testamento, la visita al notario o el reparto de los bienes, la realidad jurídica es otra: la sucesión se inicia en el mismo instante en que se produce el fallecimiento.

Se trata de un aspecto poco conocido, pero con importantes consecuencias legales y fiscales para quienes están llamados a heredar.

En el ámbito del Derecho de Sucesiones, la muerte de una persona es el hecho que provoca la apertura automática de la herencia. Desde ese momento nace el derecho de los herederos a aceptar o rechazar la herencia, independientemente de que todavía no se haya realizado ningún trámite formal.

A partir de la fecha de defunción comienza un proceso que culminará con la adjudicación de los bienes, derechos y obligaciones que formaban parte del patrimonio del fallecido.

Sin embargo, que la sucesión se abra no significa que los herederos pasen a ser propietarios de manera inmediata. Para ello será necesario completar los trámites correspondientes y formalizar la aceptación de la herencia.

 

Testamento estratégico: cómo proteger la herencia y evitar conflictos familiares

La fecha clave

La fecha del fallecimiento tiene una relevancia especial porque es la que determina numerosos efectos jurídicos.

Por ejemplo, es el momento que se toma como referencia para calcular los plazos relacionados con el Impuesto sobre Sucesiones. También sirve para determinar quiénes tienen derecho a heredar y cuál era la composición del patrimonio hereditario en el instante en que se produjo la muerte.

Por este motivo, los especialistas recomiendan conservar toda la documentación relacionada con la defunción y comenzar cuanto antes a recopilar información sobre la situación patrimonial del fallecido.

Antes de aceptar, conviene analizar la herencia

Los expertos insisten en la importancia de no precipitarse. Antes de aceptar una herencia, es aconsejable conocer con detalle qué bienes forman parte de ella, pero también si existen deudas, préstamos pendientes, avales u otras obligaciones económicas.

En España, aceptar una herencia implica asumir tanto el activo como el pasivo hereditario. Por ello, en los casos en los que existan dudas sobre la situación económica del fallecido, puede ser recomendable estudiar alternativas como la aceptación a beneficio de inventario. Esta fórmula permite que las deudas se satisfagan con los bienes heredados sin comprometer el patrimonio personal del heredero.

domingo, 14 de junio de 2026

“Romeo y Julieta” llenó de emoción, inclusión y cultura el Auditorio Cajasolde Jerez

 


Ayer 13 de junio de 2026, el Auditorio Cajasol de Jerez acogió la retransmisión en directo desde el Teatro Real de la ópera “Romeo y Julieta” de Charles Gounod, una actividad organizada por el Ateneo de Jerez y la Asociación de amigos de la Biblioteca UCA “Hypatia”, que permitió disfrutar de uno de los grandes títulos del repertorio operístico mundial en un entorno accesible y abierto a toda la ciudadanía.
Numerosos asistentes compartieron esta experiencia cultural única, siguiendo con emoción la historia de amor más célebre de la literatura universal convertida en ópera. La calidad artística de la producción hicieron de la velada una auténtica celebración de la música, la cultura y las artes escénicas.


Una vez más, el Ateneo de Jerez actuó bajo su firme compromiso con la accesibilidad y la inclusión cultural. La retransmisión contó con subtítulos e interpretación en lengua de signos española (ILSE) para personas sordas, audiodescripción para personas con problemas de visión y una explicación en lenguaje adaptado para personas con discapacidad intelectual el día previo, facilitándose así que personas con diferentes capacidades pudieran disfrutar plenamente del espectáculo y reafirmando que la cultura debe ser un derecho compartido y accesible para todos y todas. Gracias a todas aquellas personas que lo hicieron posible.

Gracias al Teatro Real de Madrid por contar con El Ateneo de Jerez y con Hypatia para este evento, gracias a la Fundación Cajasol por hacer posible esta retransmisión. Gracias por hacer que la Ópera sea para todos y todas.

'El Jubilado', la comedia que defiende el derecho a vivir esta etapa "con pensión y sin presión"

 


Los amigos jubilados entran en escena dispuestos a hablar de uno de los miles de negocios que quieren emprender. Pero la conversación se enreda con continuas interrupciones de repartidores telefónicos, historias sobre los 'achaques' de unos y otros, e incluso sobre las crisis de pareja... Esta es solo una pincelada de los temas que trata la nueva comedia teatral El Jubiladoque ha llegado al Teatro Amaya de Madrid @teatroamaya) este mes de junio para abordar el tránsito a la jubilación desde un punto de vista irónico, pero también de denuncia social para reinvindicar que esta etapa se viva "con pensión, pero sin presión", como dice uno de sus personajes. Las funciones tendrán lugar los próximos martes 16 y 23 de junio, con descuentos especiales por el Mes del Mayores. "Si estás jubilado o te vas a jubilar, esta función es para tí, 90 minutos diciendo lo que tú piensas todos los días", aseguran sus promotores. 

La obra gira en torno a las vivencias de Fernando, un arquitecto recién retirado que convive con su mujer, Carmen, 20 años más joven y envuelta en plena vorágine laboral, que sirve para explorar la jubilación desde el humor, pero poniendo en valor que esta etapa vital "no es un final, sino un nuevo comienzo lleno de posibilidades", señalan sus productores Gómez y Cruzado Producciones. Creada por Leoncio López, dirigida por Esperanza Lemos (@esperanzalemos), y protagonizada por actores sénior, que incluyen a Pepe Carabias (78 años), Leo Washington (72 años) y Miranda Collado (57 años), la pieza cuenta además con al apoyo de la Confederación Española de Organizaciones de Mayores (CEOMA), que ha destacado el rol de la pieza para desmontar estereotipos edadistas relacionados con la jubilación.

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Javier Gómez-Pioz, conocido artísticamente como Leo Washington, durante la representación de la obra. Fuente: Gomez y Cruzado Producciones

Reinvención en primera persona: "Yo era arquitecto y ahora me dedico al teatro"

La función es el reflejo de la transformación vital de su propio protagonista y productor, Javier Gómez-Pioz, conocido artísticamente como Leo Washington, que se jubiló hace casi un año a sus más de 70 años. "Yo era arquitecto. Y ahora me he reinventado en productor teatral y actor", cuenta a 65YMÁS, mientras nos confirma que el guión está inspirado en él. Frente a la imagen de una jubilación pasiva, Gómez-Pioz defiende una actitud decidida. "Hay que jubilarse con decisión, sin titubeos. O te jubilas o no te jubilas, pero nada de prejubilarse, nada de dar de comer a la mitad de las palomas en el parque ni esas cosas", comenta con humor. "A mi me ha tocado jubilarme, pero es que yo me siento insolentemente joven".

Una visión enérgica que comparte su compañero de reparto, el incombustible Pepe Carabias, que a sus 78 está preparando tres obras de teatro al mismo tiempo. "A todo el mundo que se vaya a jubilar, que no piense que ya se va a convertir en un viejecito. Queda una segunda vida en la que se puede estudiar, leer, viajar...". Una filosofía de vida que rodea la obra teatral y que ejemplifica con una de las frases de su personaje. "La jubilación es el momento de decir 'stop' a la presión y hola a la pensión y a vivir". Esa segunda vida exige, según el propio Javier Gómez-Pioz, buscar nuevos horizontes, puesto que a la generación actual le "quedan muchos años por delante de vida y hay que replantearse, hay como que reinventarse".

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De izquierda a derecha: Leo Washington, Leoncio López, Esperanza Lemos, Pepe Carabias y Miranda Collado

La autoexigencia de "estar siempre ocupados"

Su socia, la actriz y productora Marisa Cruzado (cuyo nombre artístico es Miranda Collado), traslada este mensaje de reinvención al terreno de la justicia social y poner en valor el talento sénior. Cruzado explica que "esta obra nace del deseo de contar, con humor y verdad, lo que rara vez se dice en voz alta, que la jubilación es un terremoto emocional, social y familiar". Por ello, desde el escenario exigen "que no se nos excluya a los mayores, a los jubilados, sino que al contrario se nos reconozca lo que hemos aportado, primero, y segundo todo lo que tenemos por aportar".

Este deseo de seguir aportando late con fuerza en Javier Gómez-Pioz, quien reconoce no obstante que a su personaje "quizás se le vaya de las manos". La directora de la obra, Esperanza Lemos que califica la función de "deliciosa y muy bien escrita", ha querido poner de manifiesto la vitalidad de muchos jubilados, pero también la autoexigencia continua del mundo en el que vivimos. "La función expone el problema de autoexigencia de estar siempre ocupados incluso cuando estamos jubilados", y critica una inercia moderna en la que "se nos está imponiendo que si no estás haciendo algo, eres inútil". La directora alerta de que vivimos en un mundo en el que "no cabe el descanso, la contemplación, la calma", e invita a que reflexionemos para que esto cambie. 

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De izquierda a derecha: Leo Washington, Miranda Collado y Pepe Carabias durante la representación de la obra. Fuente: Gomez y Cruzado Producciones

"La vida no se acaba tras la jubilación"

Para dar forma a todas estas inquietudes, el equipo confió en el guionista Leoncio López, quien recuerda que el texto empezó como un monólogo, pero pronto vieron que "tenía posibilidades de llegar más lejos". De este modo, la historia se convirtió en una comedia de contrastes que refleja perfectamente "cómo la misma vida se puede ver de dos modos muy distintos", contraponiendo la ilusión del que ya goza de su jubilación con la ansiedad de quienes siguen inmersos en la vorágine laboral.

"Se trata de lanzar el mensaje de que la vida no se acaba cuando te jubilas", ha señalado López, "pero hay que ajustarse". La función también pone sobre la mesa la paradoja de muchos jubilados que "no tienen tiempo" y se preguntan cómo hacían antes, cuando dedicaban 8 horas al trabajo. Con todo, López destaca que el personaje principal de la obra "pasa del desconcierto inicial a darse cuenta de que puede disfrutar de las cosas que realmente quiere hacer". Con este crisol de voces interconectadas, El Jubilado demuestra que las arrugas solo son el reflejo de la experiencia, ante la que se abre un nuevo horizonte por explorar, libre de ataduras, al menos profesionales.

sábado, 13 de junio de 2026

Lo que cobran los jubilados en Europa: de los 300 euros de Bulgaria a los 3.000 de Dinamarca

 


Los países. La misma Unión Europea. El mismo año de jubilación. Y sin embargo, uno cobra 2.800 euros al mes y el otro, 380. No es un error. No es una excepción. Es el mapa real de las pensiones en Europa, y conviene conocerlo.

Más de 100 millones de personas mayores de 65 años viven en la UE. Para la gran mayoría, la pensión no es un complemento: es el ingreso. El único. El que determina si uno puede pagar la calefacción en enero o si tiene que elegir entre el médico y la compra. Entender cómo funciona ese sistema no es un ejercicio académico. Es una cuestión de supervivencia cotidiana.

Bismarck o Beveridge: el origen lo explica casi todo

Hay dos maneras de entender una pensión. La primera dice: cobras lo que has cotizado. La segunda dice: cobras porque eres ciudadano.

La primera la diseñó Otto von Bismarck en la Alemania del siglo XIX. No por generosidad, sino por estrategia política: dar a los trabajadores algo que perder evitaba que se sumaran a la revolución. Nació así el modelo contributivo, el que rige hoy en España, Francia, Italia, Alemania, Portugal, Polonia, Grecia y más de veinte países de la UE. La pensión es proporcional al salario y a los años cotizados. El sistema premia las carreras largas y castiga las intermitentes.

La segunda la articuló William Beveridge en el Londres de 1942, en plena guerra, cuando alguien tuvo que imaginar qué sociedad reconstruir después. Su respuesta fue radical: una pensión básica igual para todos, financiada con impuestos, independiente de la trayectoria laboral. La aplican Dinamarca, Irlanda, los Países Bajos y Malta. No importa si fuiste directivo o camarero: la base es la misma. Lo que diferencia a los jubilados de estos países es lo que han acumulado en sus fondos de pensiones de empresa. Y ahí, como veremos, está la clave real de sus altas prestaciones.

Ningún sistema es puro hoy. Los países contributivos han añadido pensiones mínimas para quien no llega. Los universales han construido potentes segundos pilares para quien quiere más. Pero la filosofía de origen sigue pesando. Y mucho.

Los números: del récord danés al drama búlgaro

Digámoslo sin rodeos. En el extremo alto, Dinamarca supera los 2.800 euros mensuales de pensión media bruta. Luxemburgo ronda los 2.500. Los Países Bajos, 2.400. Austria, 2.100. Son países con décadas de solidez fiscal, mercados laborales formalizados y, en los casos nórdicos, sistemas de pensiones de empresa que funcionan de verdad.

En la franja media encontramos a Finlandia (1.700 €), Suecia (1.600 €), Francia (1.500 €), Alemania (1.400 €) y Bélgica (1.300 €). Y ahí, en esa misma franja, está España: 1.370 euros brutos mensuales según los datos del INSS para 2026. Una posición aparentemente modesta que esconde, sin embargo, un dato llamativo: nuestra tasa de sustitución —el porcentaje del último salario que representa la pensión— ronda el 73%, una de las más altas de Europa. Alemania apenas llega al 50%. Dinamarca, al 54%. En España la pensión cubre bien el salario previo. El problema es que ese salario, con demasiada frecuencia, no era muy alto.

En el extremo bajo, Bulgaria (380 €), Rumanía (420 €), Hungría (430 €) y Polonia (600 €). Países con sistemas jóvenes, economías en desarrollo y una deuda pendiente con sus mayores que los datos hacen difícil disimular.

Para cobrarla, primero hay que ganársela

Los requisitos de acceso varían, pero la lógica subyacente es común a casi todos los sistemas. Tres condiciones básicas.

Primera: cotizar los años suficientes. En España, 15 años es el mínimo para tener derecho a algo. Para cobrar el 100% de la base reguladora hacen falta 36 años y 6 meses. En Alemania, el mínimo es de solo 5 años, pero la pensión completa exige 45. En Italia, 20 años de cotización mínima. En los Países Bajos el mecanismo es diferente: cada año de residencia genera el 2% de la pensión máxima. Cincuenta años viviendo allí. Pensión completa. Sin más preguntas.

Segunda: alcanzar la edad legal. La tendencia en Europa es inequívoca: todo sube. Alemania, Grecia, los Países Bajos e Irlanda ya están en los 67 años o en camino. España está en los 66 años y 7 meses en 2024, con proyección de llegar a los 67 en 2027. Francia aprobó en 2023, con meses de protestas en la calle, elevar la edad a los 64. Dinamarca y Finlandia han ido más lejos: han vinculado la edad de jubilación a la esperanza de vida mediante un mecanismo automático. Si vivimos más, trabajamos más. Sin votación. Sin debate. El algoritmo decide.

Tercera: si se quiere anticipar, se paga. En España, jubilarse a los 63 años supone un descuento de entre el 1,56% y el 1,875% por cada trimestre anticipado. En Alemania, un 3,6% por año. Luxemburgo permite jubilarse a los 57 con 40 años cotizados. Una generosidad que sus vecinos europeos miran con una mezcla de envidia y perplejidad.

El segundo pilar: la asignatura pendiente de España

Sabemos lo que nos diferencia de los daneses o los neerlandeses. No es solo la cuantía de la pensión pública. Es lo que hay debajo.

En Dinamarca, los Países Bajos y Suecia, los trabajadores cotizan de forma obligatoria —o casi— a fondos de pensiones profesionales gestionados colectivamente. Al jubilarse, esos fondos añaden entre 600 y 1.200 euros mensuales a la pensión pública. Eso es lo que explica que un jubilado de Ámsterdam pueda vivir con holgura. No tiene un sistema público más generoso. Tiene un segundo pilar que funciona.

En España, ese segundo pilar es raquítico. Solo el 25-30% de los trabajadores tiene algún plan de pensiones de empresa, y las aportaciones son modestas. La Ley de Planes de Pensiones de Empleo de 2022 intenta corregirlo. Pero los cambios estructurales no se producen en una legislatura. Un trabajador español que dependa únicamente de su pensión pública está, frente a sus homólogos del norte de Europa, jugando con menos cartas. No porque el sistema sea malo. Sino porque está incompleto.

Lo que viene

En 2070, según la Comisión Europea, habrá menos de dos personas trabajando por cada jubilado en Europa. Hoy son tres. Ese cambio no es una proyección abstracta. Es el contexto en el que se están aprobando —o intentando aprobar— todas las reformas de pensiones del continente.

El guion es predecible: más edad, menos anticipación, mecanismos automáticos de ajuste, más ahorro privado complementario. Medidas técnicamente sensatas. Políticamente, las más difíciles de vender a quien lleva cuarenta años cotizando con la expectativa de cobrar lo prometido.

Porque las pensiones no son una variable macroeconómica. Son un contrato. El que una sociedad firma con quienes la construyeron. Y ese contrato, en Europa, se está renegociando. Con distinta urgencia, con distinta valentía, con distinto coste político en cada país. Pero en todos, con la misma tensión de fondo: lo que se prometió y lo que se puede pagar.